El pulso entre Estados Unidos e Irán entró en una fase de presión sostenida en la que ambas partes endurecen posiciones y condicionan cualquier negociación al movimiento previo del adversario. Teherán afirma que no retomará conversaciones “bajo bloqueo, amenazas y presión militar”, mientras Washington insiste en que el bloqueo naval es una herramienta para forzar concesiones y no será levantado por adelantado. El presidente Masoud Pezeshkian calificó el bloqueo como el principal obstáculo para una “negociación genuina”, mientras funcionarios iraníes reiteraron a mediadores que no volverán al diálogo “bajo presión” .
La disputa escaló tras la captura de dos buques mercantes por parte de Irán en el estrecho de Ormuz el 22 de abril y las nuevas interceptaciones estadounidenses. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, afirmó que el bloqueo “se estaba globalizando”, con detenciones de buques iraníes en aguas asiáticas, mientras el Departamento del Tesoro amplió sanciones contra refinerías, navieras y entidades financieras vinculadas a Teherán . El resultado ha sido un tránsito casi paralizado: solo un puñado de barcos cruzó el estrecho en la última semana, dejando a cientos de buques y miles de marineros varados.
Irán propuso abrir el estrecho a cambio de un acuerdo para levantar el bloqueo y poner fin a la guerra, posponiendo temas de fondo como el programa nuclear. Pero Washington rechaza que Teherán mantenga el control del paso y cobre peajes, una condición que también rechazan la mayoría de los estados ribereños .
En paralelo, el frente libanés se volvió un factor de presión adicional. Aunque Estados Unidos anunció la extensión del alto el fuego entre Israel y Líbano por tres semanas, los combates continuaron. Israel amplió advertencias de evacuación y realizó operaciones fuera de su zona de seguridad, mientras Hezbolá respondió con ataques de menor escala. Teherán sigue considerando el Líbano parte del marco negociador, y Washington, aunque lo niega formalmente, ha aceptado ese vínculo al moderar a Israel y patrocinar conversaciones entre Israel y Líbano en su capital .
Desde Teherán, la estrategia busca renegociar las reglas de la desescalada. Altos funcionarios insisten en que no participarán en conversaciones “impuestas” y que el bloqueo constituye una violación del alto el fuego. La diplomacia itinerante del ministro Abbas Araghchi —con viajes a Pakistán, Omán y Rusia, y contactos con Arabia Saudita y Catar— apunta a construir un formato que preserve autonomía y evite la imagen de ceder bajo coacción. El cierre del estrecho se presenta como un problema de seguridad regional para involucrar a actores del Golfo y diluir la influencia estadounidense .
Washington, por su parte, combina presión económica y militar con una contención calibrada. La administración sostiene que la presión es necesaria para obligar a Teherán a negociar temas sustantivos, incluido el programa nuclear. El presidente Donald Trump afirmó que los oleoductos iraníes podrían colapsar por la acumulación de petróleo que no puede exportarse, una advertencia que dramatiza lo que expertos consideran una crisis real para la capacidad de almacenamiento iraní . La estrategia estadounidense se define como una escalada selectiva: suficiente para moldear el entorno negociador, pero sin buscar una guerra abierta.
Israel mantiene un escepticismo profundo hacia cualquier salida diplomática que deje a Irán con capacidad estratégica residual. Sus operaciones en el sur del Líbano, incluida la demolición de aldeas abandonadas, muestran que no considera el alto el fuego un retorno al statu quo previo, sino una oportunidad para debilitar a Hezbolá y mantener presión indirecta sobre Teherán .
Los estados árabes del Golfo, atrapados entre intereses contrapuestos, buscan la reapertura incondicional del estrecho y estabilidad marítima, pero rechazan cualquier fórmula que legitime el control iraní. Omán actúa como mediador, mientras Arabia Saudita impulsa un formato más amplio con Egipto, Pakistán y Turquía. La región teme un escenario prolongado de “ni guerra ni paz” que afecte su economía y los exponga a ataques contra infraestructura estratégica .
Las perspectivas inmediatas apuntan a una negociación coercitiva prolongada. Teherán exige un alivio visible del bloqueo antes de avanzar; Washington exige avances sustantivos antes de reducir la presión. Ambos creen que pueden resistir más que su adversario. La vía de escalada más peligrosa sigue siendo la marítima: nuevas interceptaciones, ataques contra tráfico comercial o evidencia de minas podrían obligar a elegir entre retirada pública o escalada. Europa ya prepara una misión para restablecer la navegación, diferenciándose del bloqueo estadounidense, lo que evidencia incomodidad con un régimen coercitivo indefinido .
Los indicadores clave serán el nivel de aplicación del bloqueo, la disposición iraní a nuevas rondas de negociación, la respuesta estadounidense a las últimas propuestas de Teherán, el aumento o estancamiento del tráfico en Ormuz y la evolución del frente libanés. Si todos se deterioran simultáneamente, el alto el fuego podría mantenerse formalmente, pero la región volvería a una gestión de la escalada bajo fuego.

