A contraluz de la memoria: Naborina Colín, el pulso que no se apaga

by Enlace Noticias

El aula estaba en silencio, pero no era un silencio vacío. Era ese tipo de pausa que deja una presencia firme, como si la voz aún recorriera los pupitres. “Háganlo bien”, solía decir, sin elevar el tono, con la certeza de quien no necesita imponerse para ser escuchada. En ese eco, persistente, comienza el recuerdo de la licenciada Naborina Colín Benítez, a dos años de su ausencia y en el umbral de un nuevo 2 de mayo, fecha que la devuelve al origen: su nacimiento.

Nació en 1929, en un México que todavía discutía el lugar de las mujeres en la vida pública. Su historia no se entiende sin ese contexto: un país que avanzaba entre inercias, donde estudiar Derecho siendo mujer no era solo una elección profesional, sino una forma de confrontar el orden establecido. Naborina fue parte de ese primer grupo que abrió brecha: la sexta mujer en Michoacán en cursar la carrera de leyes.

Desde entonces, su vida adquirió una dirección clara. No se trataba únicamente de ejercer una profesión, sino de intervenir en su tiempo. Su tesis, Los derechos políticos de la mujer en México, elaborada antes de que el voto femenino fuera reconocido en 1953, no fue un documento aislado, sino una declaración anticipada de lo que vendría. Ahí se condensaba una convicción que marcaría su trayectoria: la igualdad no se concede, se construye.

En la década de los cincuenta, mientras el país discutía la incorporación de las mujeres a la ciudadanía plena, Naborina ya participaba en espacios políticos y académicos. En la Asamblea Femenil de 1952, su voz se sumó a la de otras mujeres que exigían ser reconocidas no como excepción, sino como parte del cuerpo político nacional. Más tarde, como delegada política y diputada suplente del XII distrito en 1965, trasladó esa lucha al terreno institucional.

Pero su historia no se limitó a la política. Durante más de seis décadas, eligió el aula como territorio cotidiano. Ahí formó generaciones de estudiantes, fundó preparatorias vinculadas a la Universidad Michoacana y sostuvo, con disciplina y rigor, una vocación docente que la definió tanto como su militancia. Quienes pasaron por sus clases no recuerdan solo contenidos, sino una manera de entender el esfuerzo: constante, exigente, sin concesiones a la mediocridad.

Ese mismo espíritu la acompañó en otras facetas. En su juventud destacó como atleta en básquetbol, softbol y voleibol, representando a la Universidad Michoacana en los Juegos Nacionales de 1952. La Federación Mexicana de Básquetbol la reconoció en 1954 como jugadora de segunda fuerza. No era una afición pasajera: era otra expresión de su disciplina.

Su vida pública, sin embargo, nunca perdió el sentido social. Trabajó con mujeres en situación de vulnerabilidad, impulsó causas altruistas y sostuvo una práctica coherente con su lema personal: hacer el bien en todas las formas posibles. Ese principio, repetido más como acción que como discurso, terminó por definir su legado.
En mayo de 2022, su trayectoria fue considerada para la condecoración “Presea Generalísimo Morelos”, un reconocimiento que, más allá de su resultado, reflejó el alcance de su influencia en la vida pública y social de Michoacán.

Su fallecimiento, hace dos años, marcó un punto de inflexión para quienes la conocieron. No solo por la pérdida, sino por la dimensión de su ausencia: aulas sin su voz, pasillos sin su paso firme, generaciones que comenzaron a entender lo que significa quedarse sin una guía. Hoy, sus restos reposan en la cripta familiar en su natal Zitácuaro, donde encontró su última morada, pero no su último lugar en la memoria.

Cada aniversario de su nacimiento no es solo un recordatorio biográfico. Es una forma de medir el tiempo a partir de su huella. En un presente donde los derechos políticos de las mujeres se ejercen con normalidad, su historia obliga a mirar atrás y reconocer que esa normalidad fue, alguna vez, una conquista.

Recordar a Naborina Colín Benítez es volver a una vida construida con método, convicción y sentido de responsabilidad. No hay estridencia en su legado, pero sí permanencia. En cada estudiante que formó, en cada espacio que ayudó a abrir, en cada idea que defendió, su presencia continúa operando, silenciosa pero firme.

El 2 de mayo no la devuelve al pasado. La coloca, otra vez, en el presente. Porque hay vidas que no se agotan en su tiempo, sino que se proyectan como referencia. Y en ese trazo, preciso y constante, Naborina sigue enseñando.

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