En la audiencia general del 11 de marzo de 2026, el Papa León XIV profundizó en la reflexión sobre la Iglesia como pueblo de Dios, retomando el capítulo segundo de la Constitución dogmática Lumen gentium. Desde la Plaza de San Pedro, el Pontífice sostuvo que la Iglesia es “una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz”, y afirmó que en ella “hay y debe haber sitio para todos”.
El Papa abrió su catequesis citando la promesa del profeta Jeremías sobre la alianza escrita en el corazón del pueblo. A partir de esta imagen, explicó que la identidad del pueblo de Dios no proviene de méritos humanos, sino de una elección que se despliega en la historia desde Abraham hasta la alianza nueva realizada en Cristo. Señaló que la Iglesia toma su existencia del cuerpo de Cristo y está formada por personas de todos los pueblos, unidas no por lengua o cultura, sino por la fe.
León XIV subrayó que quienes forman parte de la Iglesia “no presumen de méritos ni títulos”, sino del hecho de ser hijos de Dios por gracia. Indicó que este es “el único título honorífico” que un cristiano debería buscar, y que la ley que rige las relaciones eclesiales es el amor, orientado al Reino de Dios.
El Pontífice advirtió que la Iglesia no puede replegarse sobre sí misma. Recordó que, según el Concilio, toda la humanidad está llamada a formar parte del pueblo de Dios, incluso quienes no han recibido el Evangelio. En este sentido, afirmó que cada cristiano tiene la responsabilidad de “difundir el Evangelio por todas partes y a todos, para que cada uno pueda entrar en contacto con Cristo”.
León XIV insistió en que la Iglesia debe mostrar su carácter universal acogiendo la diversidad de culturas y ofreciendo la novedad del Evangelio para transformarlas. Reiteró que la misión no es exclusiva de un grupo, sino una tarea común que se ejerce en todos los espacios donde las personas viven y actúan.
En la parte final de su intervención, el Papa evocó la imagen de la Iglesia como “arca única de la salvación”, capaz de reunir a mujeres y hombres de distintas nacionalidades, lenguas y culturas. En un contexto global marcado por conflictos, consideró que esta convivencia constituye “un gran signo de esperanza” y una profecía de unidad y paz.
Con este mensaje, León XIV reafirmó la visión de una Iglesia abierta, misionera y orientada a la inclusión, en la que la diversidad no es un obstáculo, sino un componente esencial de su identidad y de su misión en el mundo.

