En su primer discurso en Camerún, durante la segunda etapa de su viaje apostólico a África, el Papa León XIV colocó en el centro del debate internacional la crisis de violencia, la fragilidad institucional y el papel de los gobiernos frente al deterioro social, al advertir que la paz no puede imponerse ni decretarse, sino que exige voluntad política, integridad y transformación estructural. Desde el Palacio Presidencial de Yaundé, el Pontífice lanzó un mensaje directo: “El mundo tiene sed de paz… ¡Basta ya de guerras, con sus dolorosos cúmulos de muertos, destrucciones y exiliados!”.
El planteamiento no se limitó a un llamado moral. El Papa delineó una crítica a las formas tradicionales de poder al señalar que la paz “no puede reducirse a un eslogan” ni sostenerse en el miedo o el armamento. Insistió en que debe construirse desde un modelo “desarmado y desarmante”, capaz de resolver conflictos y generar confianza, en contraste con la lógica de confrontación que prevalece en distintas regiones del mundo.
En un contexto marcado por tensiones en el noroeste, suroeste y extremo norte de Camerún, el Pontífice evidenció el costo humano de la violencia: vidas perdidas, desplazamientos forzados, interrupción educativa y una generación sin perspectivas. “Detrás de las estadísticas hay rostros, historias y esperanzas heridas”, afirmó, al tiempo que urgió a rechazar la “lógica de la guerra” y sustituirla por una paz sustentada en justicia.
El discurso también colocó bajo escrutinio a las élites políticas. Al citar la responsabilidad de los gobernantes, advirtió que servir al Estado implica actuar con “mente lúcida y conciencia íntegra” en favor del bien común, incluyendo mayorías y minorías. En ese sentido, lanzó una pregunta directa sobre los resultados de las políticas públicas: “¿En qué punto nos encontramos? ¿Qué queda por hacer?”, cuestionamiento que apunta a la rendición de cuentas en contextos de crisis prolongadas.
Uno de los ejes más contundentes fue el señalamiento a la corrupción. El Papa sostuvo que no puede haber paz ni justicia mientras persistan prácticas que “desfiguran la autoridad” y debilitan las instituciones. “Es necesario romper las cadenas de la corrupción”, afirmó, al vincular este fenómeno con la pérdida de legitimidad del poder y con la desigualdad estructural.
En materia de seguridad, el Pontífice estableció un límite claro: el combate a la violencia no puede realizarse al margen de los derechos humanos. Señaló que la estabilidad depende de instituciones que actúen con legalidad y no como instrumentos de arbitrariedad, especialmente frente a los sectores más vulnerables.
El mensaje incluyó un reconocimiento al papel de la sociedad civil como factor de cohesión nacional, al destacar su capacidad para intervenir en conflictos, formar conciencia y sostener procesos de diálogo. Dentro de este ámbito, subrayó la función de las mujeres como agentes en la reconstrucción del tejido social y exigió su inclusión en la toma de decisiones, al señalar que su participación representa un freno frente al abuso de poder.
El llamado también se dirigió a los jóvenes, a quienes definió como eje del futuro del país, al advertir que la falta de oportunidades alimenta fenómenos como la migración, el narcotráfico, la explotación y la descomposición social. En este punto, insistió en la necesidad de invertir en educación y desarrollo como estrategia para contener estas dinámicas.
En el plano internacional, el Papa planteó que la cooperación entre Estados debe basarse en respeto mutuo, dignidad humana y libertad religiosa, como condiciones para construir estabilidad. Al mismo tiempo, propuso fortalecer el diálogo interreligioso como herramienta para prevenir la radicalización y desactivar conflictos.
El mensaje concluyó con una síntesis de fondo: la paz no es una consigna política ni un acuerdo superficial. “La paz no se decreta, se acoge y se vive. Es un don de Dios”, sostuvo, al advertir que cualquier intento de imponerla sin atender las causas estructurales de la violencia está condenado a fracasar.
El discurso en Camerún no solo marca la línea del pontificado de León XIV, sino que se inserta como una intervención en el debate global sobre guerra, gobernanza y derechos humanos, en un momento en que múltiples regiones enfrentan conflictos armados, crisis institucionales y cuestionamientos a la legitimidad del poder.

