En medio del recrudecimiento de tensiones internacionales, el Papa León XIV dirigió un mensaje al episcopado brasileño reunido en Aparecida en el que planteó una definición de paz que confronta la narrativa política dominante y exige acciones concretas a los gobiernos. “La convivencia pacífica nace del reconocimiento del valor de los demás”, afirmó, al sostener que no puede hablarse de paz mientras no se garantice la igualdad en derechos, deberes y dignidad.
El pronunciamiento ocurre en un contexto de escalada de conflictos armados, incluido el escenario en Irán, al que el Pontífice aludió de forma indirecta al advertir sobre el deterioro de la situación global. En ese marco, hizo un llamado directo a los líderes de las naciones involucradas en guerras actuales para que “se comprometan con una resolución pacífica de los conflictos”, al tiempo que pidió “iluminar los corazones y las mentes” de quienes toman decisiones.
El mensaje introduce un punto de ruptura frente a discursos institucionales que reducen la paz a la ausencia de violencia. León XIV sostuvo que esta visión es insuficiente y advirtió que sin reconocimiento del otro no existe estabilidad duradera. “No es una mera ausencia de conflicto”, subrayó, al vincular la paz con una base ética que obliga a reconocer a todos como iguales.
En su comunicación, el Papa también colocó el papel de la Iglesia en el terreno político y social al destacar la necesidad de mantener “canales abiertos de diálogo” con las autoridades civiles. La afirmación se dio en el marco de la 62ª Asamblea General de los Obispos de Brasil, donde se definirán directrices para la acción pastoral, pero que también coincide con el bicentenario de relaciones diplomáticas entre Brasil y la Santa Sede, lo que refuerza el componente institucional del mensaje.
El llamado no se limita al ámbito religioso. León XIV plantea que la paz requiere decisiones estructurales en la conducción de los Estados y en la forma en que se gestionan los conflictos. Al insistir en la igualdad de dignidad entre las personas, introduce un criterio que cuestiona políticas que priorizan intereses estratégicos sobre derechos humanos.
La reiteración del concepto de “paz desarmada” y el énfasis en el diálogo como mecanismo de resolución colocan el mensaje en línea con sus recientes intervenciones durante su viaje apostólico en África, donde ha insistido en abandonar la lógica de confrontación.
El texto concluye con una invocación para que el mundo “vuelva a vivir en paz”, pero el contenido del mensaje establece que ese objetivo depende de decisiones políticas concretas y del reconocimiento efectivo de la dignidad humana, en un escenario internacional marcado por conflictos abiertos y negociaciones estancadas.

