En un encuentro celebrado en la Sala contigua al Aula Pablo VI, el Papa León dirigió un mensaje centrado en la urgencia de enfrentar las desigualdades que atraviesan los sistemas de salud y que, afirmó, se han convertido en una amenaza directa para la paz social. Ante participantes del congreso “¿Quién es hoy mi prójimo?”, organizado por el Consejo de Conferencias Episcopales de Europa, la Organización Mundial de la Salud – Región Europa y la Conferencia Episcopal Italiana, el Pontífice subrayó que la salud no puede ser “un lujo para unos pocos”, sino un imperativo moral para cualquier sociedad que aspire a llamarse justa.
El encuentro coincidió con la publicación del segundo Informe Europeo de la OMS sobre equidad en salud, contexto en el que el Papa advirtió que las brechas sanitarias, especialmente en salud mental, se han convertido en “semilla de conflictos”. Señaló que las heridas invisibles de la psique, particularmente entre los jóvenes, requieren atención urgente y no deben ser minimizadas frente a los padecimientos físicos.
“La cobertura sanitaria universal no es solo un objetivo técnico, es un imperativo moral”, afirmó, al insistir en que la protección de la salud debe ser accesible para los más vulnerables, tanto por su dignidad como para evitar que la injusticia derive en tensiones sociales.
El Pontífice retomó la pregunta del Evangelio de Lucas —“¿Quién es mi prójimo hoy?”— para llamar a una responsabilidad colectiva frente al sufrimiento ajeno. Advirtió que la distancia, la distracción y la habituación a la violencia empujan hacia la indiferencia, pero insistió en que ninguna sociedad puede considerarse justa si ignora a quienes son marginados o tratados como “descartes”.
“Es ilusorio pensar que, al ignorar a estos hermanos y hermanas, sea más fácil alcanzar la felicidad”, señaló. Afirmó que el bienestar solo puede construirse en comunidad y que cuidar de la humanidad ajena es condición para sostener la propia.
En su mensaje final, el Papa reiteró que la Iglesia, en su papel público, está al servicio de la promoción del ser humano y de la fraternidad universal. Aseguró que, en colaboración con organismos internacionales, puede influir de manera decisiva en la lucha contra las desigualdades sanitarias y en la protección de las poblaciones más vulnerables.
Exhortó a que en la vida cristiana no falte una dimensión “fraterna, samaritana, inclusiva, valiente y solidaria”, como fundamento para construir comunidades capaces de garantizar bienestar y paz en beneficio de todos.

