Queridos hermanos, hoy me dirijo a ustedes con la misma cercanía con la que cada mañana oro por nuestra gente. En este lunes, como lo hago siempre, presento ante Dios a los enfermos que escuchan esta reflexión, a quienes viven la incertidumbre de la desaparición de un ser querido, a las familias marcadas por la violencia, a nuestros hermanos discapacitados y a quienes los acompañan con paciencia y fortaleza. Cada uno de ellos está en el centro de mi oración y en el corazón de esta palabra que comparto con ustedes.
Hoy he meditado el Evangelio de San Juan, donde Jesús se encuentra con Nicodemo, un hombre mayor, respetado, conocedor de la ley, pero también cansado, temeroso y lleno de preguntas. Nicodemo llega de noche, como muchos de nosotros llegamos a Dios: con dudas, con reservas, con heridas que preferimos ocultar. Y Jesús, lejos de reprocharle, le ofrece una verdad que atraviesa el tiempo: “Hay que renacer de lo alto.”
Mientras leo este pasaje, recuerdo a aquel hombre que durante años rechazó cualquier invitación a un retiro porque decía que ya no tenía remedio. “A mi edad, ¿para qué?”, repetía. Sin embargo, un día aceptó. Y lo que ocurrió en él no fue un cambio superficial, sino una renovación interior tan profunda que quienes lo conocían decían: “Ya no es igual.” Ese testimonio me acompaña hoy porque revela lo que Jesús le dice a Nicodemo: renacer no es volver al vientre, es dejar que el Espíritu rehaga lo que la vida ha endurecido.
Jesús nos enseña que el nuevo nacimiento no es físico, sino espiritual. Nacer del agua y del Espíritu es permitir que Dios transforme lo que creemos definitivo, lo que pensamos perdido, lo que sentimos agotado. El viento —ese ruaj que simboliza la acción libre de Dios— sopla donde quiere, y aunque no sepamos de dónde viene ni a dónde va, sus efectos se sienten en la vida de quien se abre a él. Así actúa el Espíritu: sin fórmulas, sin rigideces, sin límites impuestos por nuestra lógica.
Hoy, como sociedad, necesitamos ese renacer. Hemos vivido años marcados por la violencia, por la pérdida, por la desconfianza, por el miedo que se instala en las casas y en las calles. Y sin embargo, Jesús nos recuerda que no basta con ser “buenas personas”; necesitamos una vida nueva desde Dios, una vida que produzca frutos de paz, de amor, de reconciliación, de justicia. Renacer significa dejar atrás la mentalidad rígida que nos hace creer que nada puede cambiar, que ya no vale la pena intentarlo, que el mal tiene la última palabra.
Me presento ante el Señor como Nicodemo, con mis dudas, mis sombras y mis límites, y le pido que envíe su Espíritu para renovar mi corazón y el de nuestra comunidad. Le pido que nos haga dóciles, que nos enseñe a confiar en su acción libre, que nos permita ver su reino en medio de nuestra realidad herida. Que cada uno de nosotros pueda mostrar los frutos del Espíritu y ser testimonio vivo de que Dios sigue actuando, incluso donde parece que ya no hay esperanza.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios… Que tu intercesión nos sostenga y nos acompañe en este camino de renovación. Y que la bendición de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo permanezca siempre con ustedes y con sus familias.

