Hoy, en este primer día del mes, día de la Divina Providencia, me presento ante ustedes con el corazón abierto. Doy gracias a Dios por el pan, el trabajo, la alegría y el amor que sostienen nuestras familias, y al mismo tiempo elevo mi oración por quienes hoy no tienen lo necesario para vivir con dignidad. En ellos pienso mientras escucho el Evangelio de Juan 14, 1-6, que resuena con una fuerza particular en este tiempo que compartimos como sociedad.
Jesús me habla y les habla: “No pierdan la paz.” Lo dice en un momento de despedida, cuando sus discípulos están turbados, cuando la incertidumbre les pesa, cuando el miedo parece más fuerte que la esperanza. Y descubro que estas palabras no pertenecen al pasado. Están dirigidas a nosotros, a nuestras familias que viven la enfermedad, la pérdida, la violencia, la depresión, la angustia de no saber qué viene mañana. Están dirigidas a una sociedad que muchas veces siente que la paz se le escapa de las manos.
Hoy reconozco que también nosotros hemos perdido la paz. La hemos perdido cuando la desesperanza se instala, cuando el temor se vuelve compañero cotidiano, cuando la desconfianza nos paraliza. Pero Jesús no niega el dolor; lo mira de frente y nos pide algo que parece imposible: confiar. “Si creen en Dios, crean también en mí.” En esta frase encuentro el núcleo del mensaje que deseo compartirles: la fe no elimina los problemas, pero transforma la manera en que los vivimos. La fe abre un camino donde antes solo veíamos un muro.
Jesús me recuerda que en la casa del Padre hay muchas moradas. No describe un cielo lejano, sino una casa abierta, un espacio de fraternidad y de encuentro. La Pascua que celebramos no es un recuerdo; es la apertura de esa casa que el miedo había cerrado. Y cuando Jesús promete: “Volveré y los llevaré conmigo”, no anuncia ausencia, sino presencia. Una presencia distinta, pero real, que sostiene, acompaña y guía.
La pregunta de Tomás es también nuestra pregunta: “¿Cómo podemos saber el camino?” Y Jesús responde con la afirmación que hoy quiero dejar grabada en el corazón de nuestra sociedad: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.” En estas tres palabras encuentro la brújula que necesitamos. Jesús es el camino cuando la inseguridad nos rodea. Es la verdad cuando las mentiras y la confusión nos desgastan. Es la vida cuando la muerte —en todas sus formas— parece imponerse.
Este texto me enseña que los fracasos, la injusticia y la muerte no tienen la última palabra. Seguir a Jesús implica vivir con transparencia, servir, entregarse, amar. Implica no esperar el cielo solo como destino final, sino comenzar a construirlo desde ahora en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestra Morelia herida pero viva.
Hoy le pido al Señor que calme la turbación de nuestros corazones. Que aumente nuestra fe para reconocer que Él prepara un lugar para nosotros, no solo en la eternidad, sino aquí, en medio de nuestra historia. Le pido que haga de cada uno de nosotros una morada de su amor, un camino claro para que otros lo encuentren. Que no caigamos en la mentira ni en la desesperanza, sino que vivamos de la vida que brota de su resurrección.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los bendiga y los acompañe siempre.

