Semillas de Comunión…El rostro que nos revela al Padre

by Enlace Noticias

Cada sábado me uno a ustedes para pedir la intercesión de nuestra Madre Santísima y abrir juntos el corazón a la voluntad de Dios. Hemos iniciado mayo, el mes de María, y en este tiempo vuelvo a contemplar con ustedes el Evangelio que hoy escuchamos, tomado de san Juan. Jesús dice a sus discípulos: “Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre”. Esta afirmación me acompaña con fuerza, porque en ella descubro que no busco a Dios en lo lejano o inalcanzable, sino en el rostro vivo de Cristo.

Felipe expresa un deseo que también habita en nuestro corazón: “Señor, muéstranos al Padre”. Y Jesús responde con una claridad que desarma: “Quien me ve a mí, ve al Padre”. He meditado estas palabras y comprendo que Jesús no ofrece una visión extraordinaria, sino la revelación más profunda: su vida, sus obras, su entrega pascual son la manifestación del amor del Padre. La cruz no es ausencia de Dios, sino su presencia más plena. En ella descubro que el amor del Padre es más fuerte que la muerte.

Este pasaje forma parte del discurso de despedida en la última cena. En el contexto de la Pascua adquiere un sentido decisivo. Jesús no se aleja para abandonar a su rebaño; abre el camino hacia el Padre y promete una presencia que no se extingue. Por eso insiste: “Yo estoy en el Padre y el Padre en mí”. Sus palabras y sus obras son las obras de Dios. La resurrección confirma esta unidad y nos invita a creer no solo por lo que escuchamos, sino por lo que vemos en la vida de Jesús.

He comprendido que pedir en su nombre no es repetir una fórmula, sino entrar en su voluntad, asumir su misión y dejarnos transformar por su Espíritu. Jesús asegura que quienes creen en Él realizarán obras mayores. No se trata de proezas humanas, sino de permitir que su amor actúe en nosotros. Cada gesto de misericordia, cada acto de justicia, cada reconciliación que promovemos es parte de esa promesa cumplida.

En esta Pascua no busco a Dios en lo extraordinario, sino en el Jesús que muestra sus heridas. Ellas son la prueba de cuánto nos ama. Me recuerda que Dios no se revela en el poder que domina, sino en el amor que se entrega. Y descubro que, a través de su Iglesia —a través de cada uno de nosotros—, Cristo sigue sanando, perdonando y levantando a quienes han caído.

Hoy le pido al Señor que abra nuestros ojos de fe para reconocerlo vivo. Le presento nuestra fragilidad, como la de Felipe, cuando buscamos a Dios lejos de la cruz. Le agradezco ser el camino que nos conduce al hogar del Padre y le suplico que, al recibirlo en la Eucaristía, podamos convertirnos en sus manos y en su rostro para que otros descubran al Padre a través de nuestra vida.

Bajo el amparo de nuestra Madre, confío en que Dios nos sostiene y nos acompaña. Que su bendición permanezca siempre con ustedes y que, en esta Pascua, podamos reconocer en Jesús el verdadero rostro del Padre.

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