Semillas de Comunión…“Cuando las heridas hablan más fuerte que el miedo”

by Enlace Noticias

Queridos hermanos, hoy hago un alto en medio de las tareas pastorales y me pongo, junto con ustedes, en la presencia de Dios. Cristo resucitado enciende en mi corazón el deseo de amarlo, seguirlo y anunciarlo, y desde esa certeza comparto esta reflexión que nace del Evangelio de San Lucas 24, 35-48.

Mientras los discípulos narran lo vivido en el camino de Emaús, Jesús se hace presente y pronuncia un saludo que no es un simple gesto cordial: “La paz esté con ustedes.” Esa paz —el shalom— es la restauración profunda entre Dios y la humanidad. Es el abrazo que calma el miedo, la culpa, la confusión. Es la voz que rompe el encierro interior.

Hoy, al contemplar este pasaje, pienso en tantas madres y padres que buscan a sus hijos desaparecidos. Recuerdo el testimonio de aquella mujer que, tras caer en una depresión profunda, un día dijo: “Si mi hijo ha muerto, tengo que ayudar a otras madres.” Y comenzó a acompañarlas, a sostenerlas, a recordarles que el dolor no es el final, que la muerte injusta no tiene la última palabra. Esa mujer, sin saberlo, vivió su propio Emaús: pasó de la oscuridad al reconocimiento de una presencia que transforma.

En el Evangelio, Jesús muestra sus manos y sus pies. Come delante de ellos. Les abre el entendimiento. Les revela que la fe pascual no nace del sentimiento, sino de la Palabra. Les recuerda que el sufrimiento no es un fracaso, sino camino hacia la gloria. Y entonces los envía: “Ustedes son testigos de esto.”

Hoy lo digo con claridad: la Pascua no borra nuestras cicatrices, las ilumina. Jesús resucitado conserva las marcas de los clavos. Dios no elimina nuestra historia, la transfigura. Y en esa verdad descubro que también nosotros estamos llamados a dejar que nuestras heridas hablen, no desde el rencor, sino desde la esperanza.

Con frecuencia buscamos a un Dios perfecto y lejano, pero el Evangelio nos presenta a un Dios que se deja tocar en su vulnerabilidad. Un Dios que no teme mostrar sus llagas. Un Dios que se acerca a nuestras puertas cerradas y repite: “Paz a ustedes.”

Hoy, como pastor, me dirijo a nuestra sociedad: Creer en la Pascua es creer que el amor vence incluso a la muerte más injusta. Es creer que la verdad se abre paso aun en medio de la violencia. Es creer que nuestras heridas, unidas a las de Cristo, pueden convertirse en semillas de comunión para un mundo que necesita reconciliación.

Señor Jesús, entra en nuestros miedos, abre nuestro entendimiento, enséñanos a reconocerte en quienes sufren. Que nuestras cicatrices no nos encierren en el pasado, sino que se vuelvan luz para otros. Haznos testigos alegres de tu vida que no termina. Amén.

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desprecies las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita. Ruega por nosotros para que seamos dignos de las promesas de Cristo. Amén.

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