Queridos hermanos, hoy vuelvo a dirigirme a ustedes desde la certeza luminosa de la Pascua. La resurrección no es un recuerdo lejano ni un rito que repetimos por costumbre; es una fuerza viva que irrumpe en nuestras orillas cansadas, en nuestras noches sin pesca, en nuestras búsquedas que a veces parecen inútiles. Y lo hace con la misma delicadeza y firmeza con la que Jesús se acercó a sus discípulos en el lago de Tiberíades, como nos narra el evangelio de San Juan (21, 1-14).
He meditado este pasaje y lo hago también con ustedes, porque en él encuentro un mensaje que hoy necesitamos como sociedad: sin Cristo, nuestras redes se vacían; con Él, la vida vuelve a tener sentido, dirección y fruto.
Los discípulos regresan a Galilea después del dolor de la cruz. Pedro dice: “Voy a pescar”. Es un gesto humano, comprensible: cuando la esperanza parece desvanecerse, buscamos refugio en lo conocido. Pero esa noche no pescan nada. Esa esterilidad no es casualidad; es un espejo de lo que ocurre cuando intentamos sostener la vida solo con nuestras fuerzas.
Cuántas veces, queridos hermanos, también nosotros hemos pasado noches así: noches de cansancio, de frustración, de esfuerzos que no rinden, de decisiones tomadas desde el miedo o la costumbre. Noches en las que creemos que podemos solos.
Pero el evangelio nos recuerda que el amanecer llega. Y en ese amanecer, Jesús aparece en la orilla. No irrumpe con reproches, no exige explicaciones. Solo pregunta: “¿Han pescado algo?” Y luego invita: “Echen la red a la derecha.”
Ese pequeño gesto de obediencia abre la puerta al milagro. Las redes se llenan. La vida se llena. La esperanza se llena.
Los 153 peces —símbolo de la universalidad de los pueblos— nos hablan de una Iglesia llamada a abrazar a todos, sin excluir a nadie, sin romperse a pesar de la magnitud de la misión. Y Jesús, que ya tiene pan y pescado sobre las brasas, nos muestra que Él siempre llega primero, que Él prepara, que Él provee, que Él sirve. Ese gesto anticipa la Eucaristía: el alimento que sostiene, que une, que transforma.
Hoy quiero decirles, desde mi corazón de pastor: Cristo sigue esperándonos en la orilla. En la orilla de nuestras familias divididas. En la orilla de nuestras comunidades cansadas. En la orilla de un país que a veces parece navegar en la noche. En la orilla de cada persona que siente que sus redes están vacías.
El discípulo amado reconoce primero al Señor porque el amor ve lo que la razón tarda en comprender. Y Pedro corre hacia Él porque la fe auténtica no se queda inmóvil.
Yo también, como ustedes, me pongo ante Jesús resucitado y vivo, y le digo:
Señor, tú que esperas en la orilla de nuestras vidas a veces oscuras y cansadas, perdónanos cuando hemos querido pescar solos. Danos la mirada del discípulo amado para reconocerte y la prontitud de Pedro para correr hacia ti. Llena nuestras redes con tu presencia y haz que el desayuno eucarístico que nos ofreces nos convierta en verdaderos anunciadores de tu amor.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desprecies las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita. Ruega por nosotros para que seamos dignos de las promesas de Cristo. Amén.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los bendiga y los acompañe siempre.

