En una salida no programada desde la Casa Santa Marta, donde continúa su convalecencia, el Papa Francisco sorprendió a cientos de fieles al aparecer en la Basílica de San Pedro el pasado domingo por la tarde. El Pontífice, en silla de ruedas, recorrió rápidamente los pasillos del templo para dirigirse a la tumba de San Pío X, un Papa al que siempre se ha referido con cercanía y devoción.
El Papa, acompañado de su asistente sanitario personal, Massimiliano Strappetti, se detuvo brevemente para rezar ante la tumba del Papa Pío X, conmoviendo a los presentes. Entre los momentos destacados de la visita, Francisco también pasó por el monumento dedicado a Benedicto XV y visitó las tumbas restauradas de Pablo III y Urbano VIII. Durante su breve recorrido, saludó a algunos de los peregrinos presentes, así como a restauradores que trabajaban en las obras internas de la basílica.
El saludo espontáneo del Papa causó gran emoción entre los asistentes, quienes se agruparon para acercarse y recibir su bendición. Entre ellos, se encontraba Monseñor Valerio Di Palma, canónigo de San Pedro, quien expresó su emoción al ver al Papa. «Demasiada emoción, mi visión se nubló por las lágrimas y ni siquiera pude tomar una foto», comentó tras el inesperado encuentro.
A pesar de su convalecencia, el Papa no dudó en saludar con gestos de cariño a los que se acercaron, algunos incluso alineándose para capturar un momento cercano con el Obispo de Roma. «Nos conmovió verlo así, de civil, sencillo. Todos lloraban, incluso los guardias de seguridad», comentó una testigo del evento. La presencia del Papa, con una manta sobre las piernas para protegerse del frío y con cánulas nasales para el oxígeno, fue una clara muestra de su vulnerabilidad, pero también de su cercanía y amor por los fieles.
«Me impresionaron sus ojos: grandes, lúcidos. Una mirada penetrante y atenta», relató uno de los presentes. A pesar de no hablar, el Papa transmitió con sus gestos su cercanía y la promesa de que, a pesar de sus dificultades físicas, sigue cerca de su pueblo.
Este gesto de humildad y cariño se suma a la serie de apariciones más raras y breves del Papa Francisco debido a su convalecencia, pero que siguen dejando huella en todos aquellos que tienen la oportunidad de presenciarlo.

