Hoy me presento ante ustedes con la certeza de que la oración sostiene mi vida y sostiene también la vida de todo aquel que se abre a ella. La oración me nutre, me da paz, me recuerda que no camino solo y que la providencia de Dios ilumina incluso los senderos que parecen más oscuros.
El Evangelio que escucho hoy, tomado de Juan 12, 44-50, me interpela con una fuerza que no puedo ignorar. Jesús no habla en tono sereno; Jesús clama. Es su último llamado antes de entrar en la pasión. Y en ese clamor final me revela algo que no puedo guardar solo para mí: creer en Él es creer en el Padre, verlo a Él es ver el verdadero rostro de Dios. Hoy Jesús se define como luz, no solo como maestro. Y esa afirmación me obliga a preguntarme, y a preguntarles, si realmente hemos permitido que esa luz transforme nuestra manera de mirar la vida.
Porque lo sé: al creyente le ocurre lo mismo que al que no cree. Enfermedades, pérdidas, conflictos familiares, incertidumbres. Nada de eso desaparece por tener fe. Pero la diferencia es decisiva. El cristiano mira todo desde otra claridad. No porque sea más fuerte, sino porque está sostenido por una confianza que no nace de sí mismo. Jesús lo dice sin rodeos: “He venido al mundo como luz para que todo el que cree en mí no siga en tinieblas.” Esa es la promesa que hoy vuelve a resonar en mi interior.
La Pascua que celebramos no es un recuerdo piadoso. Es una realidad que me confronta. La luz salió de la tumba. La vida venció a la muerte. Y si creo en el Resucitado, entonces ya no puedo permanecer en la tibieza ni en la indiferencia. Jesús no ha venido a condenar; ha venido a salvar. Pero su palabra —esa palabra de amor que pronuncia con autoridad— será la que revele al final si he amado o si he preferido la comodidad de mis sombras. El juicio no es un castigo impuesto desde fuera; es la consecuencia de aceptar o rechazar la luz que se me ofrece.
Hoy entiendo que la obediencia de Jesús al Padre, una obediencia que lo llevó hasta la cruz, es la que me abre la puerta a la vida eterna. Y esa misma obediencia es la que se me pide. No una obediencia ciega, sino una obediencia que nace del amor, de la certeza de que el mandato del Padre es vida.
Por eso, al dirigirme a ustedes, sociedad que busca respuestas, certezas, caminos, les digo desde mi propia experiencia: no se puede vivir a medias. No se puede creer a ratos. No se puede caminar con un pie en la luz y otro en la oscuridad. La Pascua me invita a decidirme. A decidirme hoy. A decidirme siempre. A dejar que Cristo ilumine mis miedos, mis decisiones, mis relaciones, mis heridas.
Y si yo he recibido esa luz, entonces también estoy llamado a reflejarla. No con discursos, sino con actos que revelen bondad, misericordia, belleza. Ser luz no es brillar para uno mismo; es permitir que otros encuentren claridad a través de nuestra vida.
Señor Jesús, luz del mundo, hoy te pido la gracia de creer con firmeza. Que al verte a ti vea al Padre. Que tu palabra me saque de toda indiferencia. Que mi vida sea una antorcha encendida que anuncie tu salvación sin juzgar, sin condenar, sin excluir. Dame la fuerza para obedecer la voluntad del Padre, sabiendo que su mandato es vida.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. Ruega por nosotros para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los bendiga y los acompañe siempre.

