Queridos hermanos, hoy contemplo con claridad que la resurrección de Jesús sigue siendo la fuerza que sostiene mi ministerio y la razón por la que insisto en hablarle al corazón de nuestra sociedad. La resurrección no solo promete paz; ha traído alegría real a mi vida y fortaleza para los momentos difíciles, y esa misma alegría quiero compartirla con ustedes.
El Evangelio de San Marcos (16, 9-15) me coloca frente a una verdad que no deja de interpelarme: Jesús resucitado se manifiesta primero a quienes el mundo considera menos dignos, y aun así, quienes deberían creer no creen. María Magdalena anuncia la vida, pero no le creen. Los discípulos de camino anuncian la vida, pero tampoco les creen. Incluso los once, sentados a la mesa, permanecen encerrados en su incredulidad.
Y, sin embargo, Jesús no se detiene. Jesús no cancela su misión por la fragilidad humana. Jesús no renuncia a sus discípulos por su dureza de corazón.
En mis visitas a la prisión he encontrado esta misma lógica divina. Recuerdo a un hombre que servía en la liturgia con una entrega admirable. Me dijo: “Yo fui la persona más mala… pero aquí Dios tocó mi corazón y me convirtió en un apóstol.” Su testimonio confirma lo que hoy proclamo: la resurrección es gracia, no mérito; es sanación, no recompensa.
María Magdalena pasa de la oscuridad a ser “apóstol de los apóstoles”. Los discípulos pasan del llanto al anuncio. Los once pasan del encierro a la misión.
Y Jesús los envía a pesar de su incredulidad. No espera perfección. No exige garantías. Solo pide disponibilidad.
Hoy, como pastor, reconozco que también nosotros hemos vivido momentos de incredulidad social: desconfianza, cansancio, desesperanza, dureza de corazón. Hemos llorado sobre nuestras propias tumbas: la violencia, la división, la indiferencia, la pérdida de sentido. Pero la Pascua nos recuerda que Jesús camina delante de nosotros, incluso cuando no lo reconocemos.
La resurrección rompe el círculo del miedo. La resurrección nos saca de nuestros encierros. La resurrección nos envía a comunicar vida donde hay muerte.
Por eso, hoy le hablo a nuestra sociedad con la convicción que nace del Evangelio: la fe pascual siempre está en movimiento. No se queda en discursos, no se encierra en templos, no se reduce a emociones. La fe pascual se convierte en misión, en testimonio, en anuncio.
Señor Jesús resucitado, te pido perdón por nuestra dureza de corazón y por las veces en que nos instalamos en la queja y el pesimismo. Como a María Magdalena, concédenos encontrarte en lo cotidiano. Como a los apóstoles, danos el valor de salir de nuestros encierros. Que nuestra vida sea un anuncio constante de tu alegría.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desprecies las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades. Antes bien, líbranos de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los bendiga y los acompañe siempre.

