Política & Poder…El enemigo necesario

by Enlace Noticias

Por Amaury Sánchez G.

Cuando el poder ya no administra amenazas… las fabrica

En política —la de verdad, la que se decide en las sombras y se ejecuta a plena luz— no hay vacíos. Cuando un enemigo desaparece, se le sustituye. Cuando una amenaza pierde fuerza, se le reinventa. Y cuando el poder necesita sobrevivir, se le da nombre, rostro… y narrativa.

Eso parece estar haciendo hoy Donald Trump.

No grita. No improvisa. No reacciona. Construye.

Mientras el mundo observa guerras abiertas, tensiones con Irán y un sistema internacional fatigado, Trump mueve otra pieza —más silenciosa, más fina—: pretende declarar como terroristas a grupos de extrema izquierda a nivel global. No a uno. No a dos. A un espectro completo, difuso, ideológico, moldeable.

Y ahí está el truco.

Porque no se trata de una lista. Se trata de una categoría.

El nuevo enemigo

Durante dos décadas, Occidente tuvo un eje claro: el terrorismo islamista. Era concreto, identificable, medible. Había nombres, estructuras, territorios. El enemigo tenía rostro.

Hoy ese enemigo ya no es suficiente.

Trump lo sabe.

Y entonces aparece la nueva construcción: “extrema izquierda”, “antifa”, “ecoextremistas”, “anticapitalistas”, “enemigos del orden”. Conceptos amplios, elásticos, peligrosamente interpretables.

Lo que antes era una amenaza militar o paramilitar, ahora se convierte en una amenaza ideológica.

Y cuando el enemigo es ideológico… cualquiera puede serlo.

La maquinaria del poder

La jugada no es menor. No es retórica de campaña. Es diseño de Estado.

Se moviliza el aparato antiterrorista, se presiona a aliados, se convocan cumbres, se alinean discursos. No se persigue únicamente a grupos: se intenta redefinir el marco global de lo que significa “terrorismo”.

Y eso tiene consecuencias.

Porque el terrorismo, en términos legales, abre puertas que ninguna otra categoría permite: vigilancia ampliada, congelamiento de recursos, persecución internacional, cooperación obligada entre gobiernos.

Es la llave maestra del poder moderno. Si el concepto se ensancha… el poder también.

El juego internacional

Pero Trump no juega solo.

Al empujar esta narrativa hacia Europa, América Latina y otros bloques, intenta algo más ambicioso: obligar al mundo a tomar postura. No frente a un conflicto militar, sino frente a una definición política.

¿Quién es terrorista?

Ahí se libra la batalla.

Algunos gobiernos —sobre todo aquellos con inclinaciones autoritarias o conservadoras duras— ven en esta estrategia una oportunidad. Otros, más cautos, dudan. No porque simpaticen con la izquierda radical, sino porque entienden el riesgo de abrir esa puerta.

Porque hoy puede ser la izquierda.

Mañana… cualquiera.

El poder necesita tensión

Trump ha demostrado algo a lo largo de su carrera: no gobierna desde la estabilidad, gobierna desde la confrontación.

Su lógica es simple y brutal: sin conflicto, no hay narrativa; sin narrativa, no hay liderazgo.

Por eso pelea con aliados, presiona a adversarios y redefine enemigos. No es desorden. Es método.

Cada frente abierto —Irán, migración, ideología— cumple una función: mantener el tablero en constante movimiento, impedir que el juego se congele.

Porque cuando el juego se detiene… el poder se debilita.

La línea peligrosa

El problema no es combatir la violencia. Ningún Estado serio puede permitirse ignorarla.

El problema es otro: cuando la línea entre violencia y disidencia se vuelve borrosa.

Cuando protestar puede confundirse con subversión.

Cuando pensar distinto puede leerse como amenaza.

Cuando disentir empieza a parecer delito.

Ahí es donde las democracias se tensan.

No se rompen de golpe. Se deforman lentamente.

Lo que Trump busca… y lo que puede encontrar

Trump busca control narrativo, cohesión política y legitimidad para endurecer su aparato de seguridad.

Eso es evidente.

Pero lo que puede encontrar es más complejo:

Resistencia de aliados que no comparten su diagnóstico

Desgaste institucional por el uso político de herramientas de seguridad

Y, sobre todo, una polarización aún más profunda, dentro y fuera de Estados Unidos

Porque cuando el enemigo se vuelve demasiado amplio… el conflicto se vuelve infinito.

El fondo de la jugada

No es una guerra contra la izquierda. Es una guerra por definir quién tiene derecho a existir políticamente. Ese es el verdadero núcleo.

Y en ese terreno, el riesgo no es ideológico. Es estructural.

Porque cuando el poder redefine al enemigo, redefine también los límites de la libertad.

Cuando el poder ya no encuentra enemigos suficientes… empieza a fabricar ciudadanos peligrosos.

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