Queridos hermanos, en este lunes santo encomiendo a todos los enfermos, especialmente a quienes escuchan y siguen estas reflexiones. Presento también ante el Señor a nuestros hermanos desaparecidos, a los que han muerto a causa de la violencia, y a sus familias que cargan un dolor que no se borra. En estos días santos, pido que la contemplación del misterio de la muerte del Señor ilumine también la muerte de sus seres queridos.
Elevo mi oración por todas las personas con discapacidad y, de manera especial, por quienes los cuidan con paciencia y entrega, porque en ellos descubren el rostro de Cristo.
Hoy meditamos el Evangelio según san Juan (12, 1-11). Seis días antes de la Pascua, Jesús llega a Betania. En esa casa, María toma un perfume de nardo auténtico, muy costoso, y unge los pies del Señor. La fragancia llena el hogar. Judas cuestiona el gesto, pero Jesús revela que ese perfume anticipa su sepultura. Mientras tanto, muchos acuden no solo para ver a Jesús, sino también a Lázaro, testimonio vivo de la resurrección. Y los sumos sacerdotes deliberan para matar a Jesús porque muchos creen en Él.
Este pasaje me lleva a una pregunta que no puedo evadir: ¿qué perfume estoy derramando yo ante el Señor?
María ofrece lo más valioso que tiene. Judas calcula, mide, cuestiona. María entrega; Judas retiene. María ama; Judas administra. María reconoce la hora; Judas la evade.
Pienso en una familia que he conocido. Cada año programan sus vacaciones en Semana Santa, pero en una ocasión decidieron quedarse en casa. Sus vecinos, amigos cercanos, se habían enfermado y necesitaban apoyo. La familia entera dialogó y eligió sacrificar su descanso para acompañarlos y servir en la parroquia. Ese gesto sencillo me recuerda que todos podemos hacer favores, pero hay favores que cuestan más porque implican renunciar a algo valioso.
En esta Semana Santa, el Evangelio me invita a revisar la calidad de mi entrega. El amor verdadero no se mide por lo que sobra, sino por lo que duele entregar.
María no calcula; ama. Y su amor llena la casa con una fragancia que permanece.
Hoy le digo al Señor:
Señor Jesús, que en Betania aceptas el perfume de María como anticipo de tu entrega en la cruz, enséñanos a no escatimar amor en nuestro servicio. Que nuestras vidas sean esa fragancia que consuela a quienes sufren. Que aprendamos a darte lo mejor, no lo que nos sobra. Quédate con nosotros en esta Semana Santa y guía nuestros pasos hacia tu luz.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desprecies nuestras oraciones en las necesidades; líbranos de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita. Ruega por nosotros para que seamos dignos de las promesas de Cristo. Amén.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los bendiga y los acompañe siempre.

