Durante el rezo del Regina Coeli en la Plaza de San Pedro, el Papa León XIV centró su reflexión en el Evangelio de Juan (14,1-12), invitando a los fieles a redescubrir la promesa que Jesús pronunció en la Última Cena: “Voy a prepararles un lugar”. A partir de este pasaje, el Pontífice desarrolló una meditación sobre la esperanza cristiana y el sentido de pertenencia que, afirmó, Dios ofrece a cada persona.
León XIV recordó que, según el relato evangélico, Jesús asegura a sus discípulos que en la casa del Padre existe un lugar reservado para todos. Subrayó que esta imagen expresa una certeza fundamental: “Nadie está de más, nadie queda fuera”. Explicó que, desde sus primeros encuentros con Jesús, los apóstoles habían experimentado esa acogida, y que ahora, ante la inminencia de la muerte, el Maestro vuelve a hablar de una casa “capaz de recibir a todos”.
El Papa describió a Jesús como quien “prepara las habitaciones”, un servidor que deja todo dispuesto para que cada persona encuentre su lugar y sienta que siempre fue esperada. En contraste con la lógica social que privilegia espacios exclusivos y acceso restringido, señaló que en el mundo inaugurado por Cristo “lo más valioso está al alcance de todos”. Esta dinámica, afirmó, transforma la competencia en gratitud y la exclusión en acogida.
León XIV también abordó la inquietud humana ante la muerte, recordando las palabras de Jesús: “No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí”. Indicó que la fe libera al corazón de la ansiedad por sobresalir o demostrar valor, porque en Dios cada persona posee ya un valor infinito. En ese horizonte, dijo, el amor cristiano anticipa la vida eterna: cuando los creyentes se aman como Jesús los amó, se transmiten mutuamente la certeza de que nadie necesita probar su dignidad.
El Pontífice insistió en que esta visión debe traducirse en la vida comunitaria. Si el cielo es acogida, afirmó, las parroquias y comunidades deben ser “espacios abiertos”; si el cielo es fraternidad, las relaciones deben reflejar esa realidad. Invitó a que cada comunidad cristiana sea “una casa abierta, acogedora para todos y atenta a cada persona”, donde nadie se sienta extraño y todos experimenten la alegría de ser esperados.
León XIV concluyó su mensaje pidiendo la intercesión de la Virgen María para que la Iglesia sea un signo visible de esa casa del Padre, capaz de ofrecer cercanía, reconocimiento y esperanza en medio de la vida cotidiana.

