Queridos hermanos, la oración es siempre la respiración de mi vida cristiana; cada vez que oro, confirmo que sigo vivo en Dios, porque el Espíritu Santo llena mi corazón, ilumina mi mente y me fortalece para caminar en el sendero de Jesús.
Hoy escucho el Evangelio de San Juan 15, 12-17, donde Jesús me habla con una claridad que atraviesa cualquier resistencia interior: “Este es mi mandamiento, que se amen los unos a los otros como yo los he amado.” No me invita a un afecto superficial, sino a un amor que se entrega, que sostiene, que acompaña, que permanece incluso cuando la vida se vuelve oscura. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.” En estas palabras descubro la raíz de mi fe: Jesús no me llama siervo, me llama amigo, y me revela lo más profundo del corazón del Padre.
Mientras medito este Evangelio, recuerdo a dos hombres que encontré hace unos días. Uno de ellos ha perdido la vista; el otro lo conduce con una ternura que nace de una amistad probada. Me dijeron: “Somos amigos desde hace años. Ahora que él ya no puede ver, nuestra amistad se ha hecho más fuerte.” El que guía no se queja, no se lamenta; al contrario, afirma con alegría que es un gusto acompañar a su hermano. En ellos veo encarnado el mandamiento de Jesús: amar no es un sentimiento pasajero, es un compromiso que se vuelve vida concreta.
Hoy comprendo que Jesús me ha elegido antes de que yo pensara en elegirlo. Él me ha llamado amigo, me ha revelado los tesoros del Padre, me ha mostrado que su amor no tiene secretos ni reservas. Su amistad me compromete a dar fruto, a permanecer en el amor, a no temer cuando la fe me vuelve incomprendido o impopular. Su Pascua me confirma que el odio del mundo no tiene la última palabra, porque el amor es más fuerte que la muerte.
Le pido al Señor la gracia de la fidelidad, especialmente cuando el camino se estrecha. Le pido valentía para no temer al rechazo, sino para reconocerlo como signo de mi unión con Él. Le pido que mi vida dé frutos de amor auténtico, frutos que permanezcan, frutos que revelen que Jesús está vivo.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita. Ruega por nosotros para que seamos dignos de las promesas de Cristo. Amén.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los acompañe siempre.

