Hoy me dirijo a ustedes con una convicción que permanece viva en el corazón del Evangelio: nuestra vida encuentra sentido cuando permanece unida a Jesucristo. No hablo de una idea abstracta, sino de una relación concreta que se cultiva, sobre todo, en la oración. Es en ese diálogo constante donde pedimos luz, donde invocamos al Espíritu Santo y donde dejamos que Dios conduzca nuestros pasos en medio de la complejidad de la vida diaria.
El Evangelio según San Juan nos coloca frente a una imagen clara y exigente: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos”. Esta afirmación no admite interpretaciones superficiales. Permanecer en Cristo no es un acto ocasional, es una decisión continua. Yo mismo reconozco, como pastor y como creyente, que sin esa unión profunda con Él, todo esfuerzo humano se vuelve estéril. “Sin mí nada pueden hacer”, nos dice el Señor, y esta frase resuena hoy con fuerza en una sociedad que con frecuencia intenta avanzar sin Dios.
También es cierto que muchos de nosotros experimentamos dificultades, pruebas, momentos de incertidumbre. Existe la tentación de pensar que estas situaciones son señales de abandono o castigo. Sin embargo, el mismo Jesús nos ofrece otra lectura: el Padre es el viñador que poda. Y la poda, aunque duele, no destruye; purifica. Hoy entiendo y les invito a comprender que esos procesos, esas pérdidas o renuncias, son parte de una obra mayor: dar más fruto.
Vivimos el tiempo de Pascua, y desde esta luz todo adquiere un nuevo significado. Cristo resucitado es la vid verdadera que comunica vida. No se trata solo de sobrevivir, sino de vivir con plenitud. La savia que corre por los sarmientos es el Espíritu Santo, presencia viva que sostiene, fortalece y orienta. Cuando permanecemos en Él, esa vida circula en nosotros y se traduce en obras concretas: justicia, paz, entrega, esperanza.
Por eso insisto: permanecer. Permanecer no es pasividad, es fidelidad. Es sostener el propósito de estar cerca de Dios aun cuando las circunstancias cambian. Es dejar que su palabra eche raíz en nosotros y transforme nuestras decisiones. Una fe sin frutos no cumple su misión; una vida separada de Cristo termina por secarse.
Hoy, en lo personal y como pastor, elevo una oración que también hago suya: Señor Jesús, vid verdadera, mantennos unidos a ti. Padre, viñador de nuestra alma, poda en nosotros lo que impide amar con autenticidad. Que incluso en el dolor podamos reconocer tu obra. Que tu palabra sea alimento constante, que tu Espíritu sea fuerza en medio de la debilidad.
Invito a cada uno a revisar su vida desde esta imagen evangélica. No basta con creer; es necesario permanecer. No basta con comenzar; es indispensable dar fruto. Y ese fruto no es para nosotros mismos, sino para una sociedad que necesita signos visibles de fe, esperanza y caridad.
Bajo el amparo de Santa María, confiamos nuestras intenciones y necesidades, sabiendo que su intercesión nos acerca más a su Hijo. Que no seamos ramas secas, sino sarmientos vivos, capaces de dar fruto abundante.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y los acompañe siempre. Amén.

