El proceso para elegir a la persona que sucederá a António Guterres en enero de 2027 avanza en un escenario marcado por tensiones geopolíticas, crisis financiera y dudas internas sobre la capacidad de la ONU para influir en los asuntos internacionales. Diplomáticos y funcionarios en Nueva York reconocen que la organización enfrenta un momento crítico mientras los Estados miembros evalúan a los aspirantes.
El proceso de selección, iniciado en noviembre de 2025, contempla nominaciones de los Estados ante la Asamblea General y el Consejo de Seguridad. Hasta ahora, cuatro candidaturas están registradas: Rafael Grossi, propuesto por Argentina; Rebeca Grynspan, respaldada por Costa Rica; Michelle Bachelet, nominada por Brasil y México tras el retiro del apoyo chileno; y Macky Sall, presentado por Burundi. El Consejo de Seguridad iniciará votaciones informales en julio, que continuarán hasta que un aspirante obtenga nueve votos sin veto de los miembros permanentes, paso previo a la recomendación formal a la Asamblea General.
En un contexto de inestabilidad internacional, los Estados miembros coinciden en que el próximo Secretario General deberá priorizar la diplomacia de crisis y la resolución de conflictos. Durante el mandato de Guterres, la agenda de paz y seguridad perdió centralidad frente a temas como cambio climático, inteligencia artificial y pandemias, pese a que la guerra y la paz vuelven a dominar las expectativas sobre el liderazgo de la organización.
Las presiones políticas también influyen en la contienda. Países como Brasil, Sudáfrica, España y Uruguay insisten en que la ONU debe nombrar por primera vez a una mujer en el cargo. Paralelamente, gobiernos latinoamericanos demandan que la región recupere la Secretaría General, en línea con la rotación informal entre regiones. Sin embargo, diplomáticos advierten que las candidatas podrían enfrentar estereotipos sobre su capacidad para gestionar temas de seguridad, mientras que la postura de Estados Unidos respecto a lo que denomina “ideología de género” podría incidir en su posición durante el proceso.
El nuevo liderazgo deberá enfrentar un sistema en desorden. El Consejo de Seguridad opera bajo una creciente disensión entre grandes potencias y una erosión del respeto al derecho internacional, evidenciada por la invasión rusa de Ucrania, operaciones militares estadounidenses y ataques contra Irán. Esta dinámica ha reducido el margen para decisiones colectivas y ha limitado la capacidad del organismo para responder a conflictos de gran escala.
Guterres, consciente del riesgo de fracaso, impulsó una cultura de cautela en la estructura de paz y seguridad de la ONU. Aunque logró avances humanitarios como la Iniciativa de Granos del Mar Negro, evitó involucrarse directamente en procesos de pacificación de alto perfil tras resultados limitados en Chipre y Libia. Su enfoque contrastó con la expectativa inicial de un “impulso a la diplomacia para la paz”.
El sucesor tendrá la tarea de reconstruir la credibilidad de la ONU como mediadora internacional. Para ello deberá restablecer canales de comunicación con las grandes potencias, especialmente China, Rusia y Estados Unidos, cuyas relaciones con la organización atraviesan tensiones significativas. También deberá fortalecer alianzas con potencias medianas y promover coaliciones interregionales que respalden los esfuerzos de paz cuando el Consejo esté paralizado.
La necesidad de revitalizar la cultura de prevención y construcción de la paz es otro desafío central. Diplomáticos y funcionarios reconocen que la calidad de las propuestas surgidas del sistema de la ONU ha sido insuficiente, en parte por la reticencia del liderazgo a considerar opciones arriesgadas o innovadoras. El próximo Secretario General deberá utilizar con mayor firmeza el mandato de buenos oficios para impulsar iniciativas diplomáticas incluso sin instrucciones explícitas del Consejo.
Las operaciones de paz, uno de los instrumentos más visibles de la ONU, también enfrentan presiones políticas y financieras. No se ha autorizado una nueva misión desde 2014, y los recortes presupuestarios impulsados por Estados Unidos han afectado su funcionamiento. El próximo líder deberá defender su utilidad en contextos fragmentados y adaptar sus mandatos a realidades políticas más restrictivas, al tiempo que enfrenta debates sobre el modelo de financiamiento dominado por Estados Unidos y China.
La elección del próximo Secretario General ocurre en un momento decisivo para la organización. Los Estados miembros deberán definir qué tipo de liderazgo esperan para enfrentar un entorno internacional marcado por rivalidades entre potencias, conflictos prolongados y una demanda creciente de respuestas multilaterales eficaces.

