Permanezco en silencio unos segundos antes de hablarles, porque sé que la oración solo nace cuando tomo conciencia de estar frente al Señor. En ese instante, la paz y la alegría que brotan en mi interior no son emociones pasajeras: son fruto del Espíritu Santo, ese fruto que me impulsa a amar a Dios y a ser fiel a sus mandamientos. Hoy, al contemplar el Evangelio de Juan 15, 9‑11, dejo que resuene en mí una verdad que no puedo callar ante ustedes: Jesús me ama con la misma intensidad con la que el Padre lo ama a Él, y ese amor es la raíz de toda alegría verdadera.
Mientras medito estas palabras, vuelve a mi memoria aquella escena sencilla que un día escuché: un hijo que, sin tener nada material para ofrecer, se atrevió a regalarle a su padre un abrazo y un “hoy solo quiero darte amor”. Ese gesto desarmó al padre hasta las lágrimas. Y pienso en cuántas veces un abrazo, una palabra, una presencia, han conmovido también nuestro corazón. El amor auténtico siempre toca lo más profundo.
Hoy entiendo que Jesús hace lo mismo conmigo. Me mira y me dice: “Así como mi Padre me ama, así te amo yo”. No es un amor humano, frágil o condicionado. Es un amor infinito, un amor que no se agota, un amor que permanece incluso cuando yo he sido infiel. Y al escuchar esa frase, descubro que permanecer en su amor no es un sentimiento, sino una decisión: cumplir sus mandamientos por amor, no por obligación, no por miedo, no por costumbre.
Cuando no hay amor, todo pesa. Pero cuando amo, incluso lo difícil se vuelve posible. Jesús mismo me muestra el camino: Él cumple la voluntad del Padre y permanece en su amor. Y es ahí donde nace la alegría plena de la que habla el Evangelio. No una alegría superficial, sino una alegría que brota de saber que Dios habita en mi corazón, que su presencia sostiene mis pasos, que su amor vence mis sombras.
Hoy, como pastor, les hablo desde esa certeza: no existe pena que pueda apagar la alegría que nace del amor de Dios. No existe problema que pueda derrotar a quien se sabe amado por Cristo. No existe pecado que pueda borrar la verdad que Jesús repite una y otra vez: “Así como el Padre me ama, así los amo yo”.
Por eso, hoy le pido al Señor la gracia de permanecer en su amor en cada momento, en la luz y en la sombra, en la calma y en la prueba. Le pido la fuerza para amar no con mis fuerzas, sino con las suyas. Le pido que su alegría habite en mí y que esa alegría sea plena, fecunda, capaz de convertirse en frutos de paz, justicia y esperanza para nuestra sociedad.
Que María, Madre que nos acompaña, nos cubra bajo su amparo y nos enseñe a vivir en ese amor que nunca falla.

