Queridos hermanos, hoy me pongo nuevamente en la presencia de Dios para hacer nuestra oración de cada día. Abro mi corazón y pido al Espíritu Santo que ilumine mi mente, que me ayude a comprender el mensaje del Señor y a vivir el Evangelio con fidelidad.
El Evangelio que meditamos hoy, tomado de San Marcos 6, 14-29, me confronta profundamente. He contemplado el martirio de San Juan el Bautista, ese profeta que permanece fiel hasta el final, aun cuando la verdad le ha costado la vida. Su testimonio no es un recuerdo lejano; es una llamada urgente para nuestra sociedad.
Hoy veo con claridad que la verdad siempre tiene un costo. Juan lo sabe, Herodes lo teme, Herodías lo odia. Y en medio de esa tensión humana, aparece la fragilidad del poder: un rey que gobierna, pero no es libre; un hombre que tiene autoridad, pero vive esclavo del miedo, del qué dirán, de sus propios juramentos insensatos.
Mientras medito este pasaje, pienso en tantos testimonios que escucho cada día. Personas que han dicho la verdad aun cuando eso les ha traído amenazas, represalias o injusticias. Personas que han preferido perder un trabajo antes que perder la conciencia. Personas que han sido señaladas por no callar. Y también pienso en quienes, por miedo, han preferido guardar silencio.
Lo digo con sinceridad: mucho de lo que vivimos hoy —violencia, corrupción, impunidad, muerte de inocentes— nace del temor a comprometernos con la verdad. Cuántas veces escucho: “Yo no quiero problemas.” Y aunque sabemos lo que está mal, preferimos callar. Preferimos escondernos. Preferimos no ver.
Pero el Evangelio de hoy me recuerda que la verdad no se negocia. La verdad no se acomoda. La verdad no se maquilla. La verdad se vive, aunque duela, aunque incomode, aunque nos coloque en riesgo. Juan el Bautista no busca agradar a los hombres; busca agradar a Dios. Y esa fidelidad lo convierte en un faro para todos nosotros.
Hoy, como pastor, les hablo desde el corazón:
Nuestra sociedad necesita profetas.
Necesita voces que no se vendan.
Necesita conciencias que no se doblen.
Necesita ciudadanos que no teman llamar al mal por su nombre.
La corrupción, la injusticia, la falta de ética, la manipulación del poder… todo eso sigue presente. Y el Evangelio me invita a mantenerme firme, a no ceder, a no justificar lo injustificable. La verdadera libertad no proviene del poder humano, sino de la obediencia a Dios.
Por eso elevo esta oración:
Señor Jesús, al meditar el martirio de San Juan el Bautista, te pido la gracia de la valentía. Dame la fuerza para ser fiel a tu verdad sin importar las consecuencias. Que no busque agradar a los hombres, sino permanecer firme en la justicia y en la rectitud. Libera mi conciencia de la culpa y hazme un verdadero testigo de tu Reino. Amén.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios.
No desprecies nuestras súplicas en las necesidades que tenemos.
Antes bien, líbranos de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita.
Ruega por nosotros para que seamos dignos de las promesas de Cristo. Amén.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, permanezca con ustedes y los acompañe siempre.
Así se mueve el tablero, así se mueve el poder.

