Por Amaury Sánchez G.
En Morena no están eligiendo candidatos… están eligiendo quién decide quién gana
En política, hay cargos que se anuncian… y cargos que se entienden.
El de Citlalli Hernández no fue un nombramiento: fue una señal.
Una de esas que no llevan micrófono, pero hacen más ruido que un mitin en campaña.
Porque mientras el país estaba distraído viendo quién sube y quién baja en las encuestas, en Morena se acomodaban las sillas de la mesa más importante: la de las candidaturas.
Y ahí, donde no entra cualquiera, donde se cocina el poder a fuego lento… colocaron a Citlalli.
No es casualidad.
No es improvisación.
Es estrategia con apellido.
Dicen que dejó la Secretaría de las Mujeres para “fortalecer la unidad”.
Ajá. Y también dicen que los árbitros no le van a ningún equipo.
Pero en política, el que reparte las cartas no necesita barajarlas bonito… sólo necesita saber a quién le toca el as.
Porque hay que decirlo sin maquillaje: La Comisión Nacional de Elecciones no es una oficina… es la aduana del poder.
Ahí no se llenan formatos.
Ahí se decide quién será candidato, quién se queda en la banca y quién, de plano, se regresa a su casa a contar sus espectaculares inútiles.
Y cuando colocas ahí a una mujer como Citlalli, no estás buscando orden… estás garantizando control.
Control de las tribus.
Control de los acuerdos.
Control de los que creen que con territorio basta… y de los que creen que con padrinos sobra.
Ahora bien, tampoco nos hagamos: esto no es un movimiento aislado.
Detrás está la mano firme de Claudia Sheinbaum, que entendió algo que muchos aún no procesan: las elecciones no se ganan en la boleta… se ganan antes, en la selección.
Y ahí entra también la operación política de Luisa María Alcalde, que no está jugando a la dirigente decorativa. Está armando el tablero.
Porque lo que viene en 2027 no es cualquier cosa:
gubernaturas, Congreso, municipios… y sobre todo, el control del futuro.
Y en ese tamaño de juego, no puedes dejar las candidaturas al humor del aplauso ni al capricho del más gritón.
Pero ojo… aquí viene lo sabroso.
Porque si algo ha demostrado Morena es que su mayor adversario no siempre está enfrente… sino adentro.
Y ahí es donde Citlalli va a tener que bailar con la más fea:
los inconformes, los desplazados, los que ya se sentían candidatos, los que juraban que “ya estaba planchado”.
Porque cuando empiece el reparto, no todos van a salir contentos.
Y cuando eso pasa, la unidad se vuelve discurso… y la fractura, costumbre.
¿Fortalece esto a Morena?
Sí… pero con condiciones.
Lo fortalece si hay reglas claras.
Lo fortalece si hay piso parejo.
Lo fortalece si el dedazo se disfraza de encuesta… pero no se descarna.
Pero si la comisión se convierte en filtro de grupo, en embudo de intereses, en caja de favores… entonces el control de arriba puede costar la lealtad de abajo.
Y en política, perder la base es como perder el suelo: no se nota de inmediato… pero cuando caes, caes completo.
Al final, la historia no es Citlalli.
La historia es quién puso a Citlalli… y para qué.
Porque en Morena ya no están jugando a ver quién quiere ser candidato.
Están decidiendo quién tiene derecho a intentarlo.
Y eso, querido lector, no es democracia interna… es cirugía de poder.
En 2027 no ganará quien tenga más votos… ganará quien haya sido elegido para poder tenerlos.
Y esa lista… ya empezó a escribirse.

