Aula y Poder: Crónicas de la Universidad Michoacana…Entre la autonomía y la narrativa: el momento de la Universidad Michoacana

by Enlace Noticias

Por el El Ensayista de San Nicolás

El devenir institucional de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo obliga, de tanto en tanto, a detenernos y mirar con serenidad crítica aquellos fenómenos que, por su reiteración, dejan de ser coyunturales para convertirse en patrones de conducta que inciden directamente en la vida universitaria. En ese contexto, la elección de Ramiro Silva Orozco como Secretario General del sindicato de profesores no puede analizarse de manera aislada, sino como parte de un entramado más amplio de tensiones entre autonomía, representación laboral y ejercicio del poder institucional.

Diversas voces al interior de la comunidad han señalado —y es necesario decirlo con la prudencia que exige el análisis público— la percepción de que, durante dicho proceso, la administración encabezada por Yarabi Ávila González habría rebasado los límites de la sana relación institucional para incidir, directa o indirectamente, en la vida interna del sindicato. Estas percepciones apuntan a la posible utilización de canales formales de autoridad, como directores de dependencias y la propia Secretaría General universitaria, para orientar voluntades o generar condiciones que favorecieran una determinada opción sindical. Si ello fuese cierto, no estaríamos ante un hecho menor, sino frente a una eventual vulneración de uno de los pilares del derecho colectivo del trabajo: la libertad sindical.

La autonomía universitaria, tantas veces invocada como escudo frente a injerencias externas, encuentra su verdadera legitimidad en la congruencia interna. No puede exigirse respeto hacia fuera cuando, hacia dentro, se generan dinámicas que podrían interpretarse como mecanismos de control o subordinación de las organizaciones de trabajadores. La libertad de asociación no es una concesión graciosa de la autoridad, sino un derecho humano reconocido en la Constitución y desarrollado ampliamente en la Ley Federal del Trabajo, así como en los principios internacionales de la Organización Internacional del Trabajo. Cualquier práctica que tienda a limitarla, condicionarla o dirigirla, erosiona no solo al sindicato, sino a la propia institución universitaria.

En ese mismo orden de ideas, preocupa la narrativa que ha circulado respecto a decisiones internas del sindicato que, presuntamente, no reflejan el sentir mayoritario de sus agremiados. Particularmente delicado resulta el señalamiento de que, aun existiendo una voluntad colectiva orientada hacia el ejercicio del derecho de huelga, éste no se materializó. De confirmarse un escenario así, la interrogante sería inevitable: ¿se trata de una decisión autónoma del sindicato o de una consecuencia de presiones externas que desnaturalizan su función representativa? La huelga, como instrumento histórico de equilibrio entre capital y trabajo, no puede ser desactivada por vías informales o presiones veladas sin comprometer gravemente el Estado de Derecho laboral.

A ello se suma una problemática aún más sensible: el retraso o la falta de cumplimiento en el pago de prestaciones a sectores particularmente vulnerables como jubilados y viudas. Este hecho, más allá de su dimensión administrativa o presupuestal, tiene una carga ética incuestionable. Una universidad pública que se precia de su vocación humanista no puede permitirse fallar en sus obligaciones más elementales hacia quienes han dedicado su vida a la formación de generaciones. Cuando, además, estas situaciones coexisten con procesos cuestionados de reorganización laboral —denominados bajo el eufemismo de “sustentabilidad”—, la percepción de inequidad se profundiza.

Dichos procesos, según se ha señalado, podrían estar incidiendo en los derechos de ingreso y permanencia del personal académico, alterando las reglas previamente establecidas en el Contrato Colectivo de Trabajo y en la propia legislación laboral. Si la estabilidad en el empleo y el acceso a plazas se ven condicionados por mecanismos ajenos a los procedimientos ordinarios, se estaría configurando un escenario de incertidumbre que afecta no solo a los docentes, sino a la calidad misma de la educación impartida. La meritocracia académica no puede sustituirse por criterios discrecionales sin un alto costo institucional.

Pero si este panorama ya resultaba preocupante en el ámbito laboral y sindical, adquiere una dimensión aún más delicada cuando se observa en paralelo con los recientes señalamientos en materia financiera. Las observaciones realizadas por la Auditoría Superior de Michoacán, que refieren transferencias bancarias sin comprobación del destino del recurso por un monto de 294 millones de pesos, no constituyen un dato menor ni un simple trámite administrativo: representan un punto de inflexión en la confianza pública hacia la gestión universitaria. El momento en que estas observaciones se hacen visibles resulta, por sí mismo, revelador.

A este escenario debe añadirse un elemento que no puede pasar desapercibido: la estrategia de contención de daños que, en días recientes, se ha desplegado desde la Rectoría. La intensa presencia mediática de la rectora Yarabi Ávila González, enfocada en resaltar logros institucionales y proyectar estabilidad, difícilmente puede entenderse como un ejercicio ordinario de rendición de cuentas. Más bien, parece responder a una lógica preventiva, orientada a amortiguar el impacto de señalamientos que ya se perfilaban en el horizonte inmediato.

Y es precisamente aquí donde el momento cobra una relevancia determinante. La coincidencia entre la intensificación del discurso institucional y la publicación de observaciones de tal magnitud no puede ser leída como casualidad. En política universitaria, los tiempos de la comunicación rara vez son inocentes: cuando la narrativa se adelanta o acompaña a la revelación de hechos potencialmente adversos, lo que se construye no es solo información, sino un intento de encuadrar la interpretación pública de esos hechos.

De ahí que el análisis no deba limitarse al contenido de las observaciones, sino extenderse al contexto en que surgen y a la respuesta institucional que provocan. La comunicación deja entonces de ser un ejercicio de transparencia para convertirse en un instrumento de gestión de crisis. Se intenta equilibrar la percepción, contener el desgaste, anticipar el juicio social. Sin embargo, cuando la forma pretende imponerse al fondo, el riesgo es evidente: que la narrativa institucional termine sustituyendo a la rendición de cuentas.

En suma, lo que hoy se observa en la Universidad Michoacana no es únicamente una suma de hechos aislados —tensiones sindicales, cuestionamientos laborales, observaciones financieras—, sino la configuración de un escenario donde el equilibrio institucional parece tensionarse peligrosamente. La fortaleza de la Universidad no radica solo en su historia, sino en su capacidad de sostener, en la práctica cotidiana, los principios que proclama: autonomía, pluralidad, legalidad y justicia. Cuando esos principios se ven comprometidos, no basta con administrar la narrativa; se vuelve indispensable recuperar el fondo, esclarecer los hechos y restituir la confianza. Porque en ello se juega no solo la estabilidad de una administración, sino la credibilidad de toda una institución.

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