Semillas de Comunión…“La Luz que me Desnuda y me Salva”

by Enlace Noticias

Hermanos, hoy vuelvo a detener mi paso para orar con ustedes y para invitarles a hacer lo mismo: abrir un espacio real en medio del ruido exterior y, sobre todo, del ruido interior que tantas veces nos impide escuchar la voz de Dios. Cada día cargamos preocupaciones, pendientes, temores, y sin darnos cuenta dejamos que esas sombras ocupen el lugar que pertenece a la luz. Por eso hoy me pongo ante el Señor y les pido que hagan lo mismo, porque solo en ese silencio interior la Palabra encuentra dónde sembrarse.

El Evangelio que meditamos —Juan 3, 16-21— me coloca frente a la pregunta que todos debemos hacernos: ¿qué imagen de Dios llevo en mi corazón? A veces, sin decirlo, vivimos como si Dios fuera un vigilante severo esperando nuestro error para condenarnos. Pero hoy Jesús me recuerda que esa imagen no proviene de Él. Yo vuelvo a escuchar: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único”. Y al escucharlo, descubro que la raíz de mi salvación no está en mis méritos, sino en el amor divino que se adelanta, que se entrega, que se expone hasta la cruz.

Cuando el Evangelio dice “entregar”, me hace ver que la encarnación y la Pascua no son episodios separados, sino un mismo movimiento de amor: Dios que se hace hombre y Dios que se deja crucificar para rescatarme. Jesús no viene a condenar; viene a salvar. Y mientras lo digo, reconozco que muchas veces la condenación nace de mí mismo, de mi resistencia a la luz, de mi miedo a que la verdad revele mis sombras.

Cristo es esa luz que desnuda mis acciones, mis intenciones, mis decisiones. Y cuando vivo en el pecado, lo sé: huyo, me escondo, prefiero la oscuridad porque temo ser descubierto. Pero cuando vivo en la verdad, cuando dejo que Dios ilumine mis pasos, entonces me acerco a la luz no para exhibirme, sino para que se vea que mis obras están hechas en Él. Juan siempre contrapone tinieblas y luz, y hoy entiendo que no es un lenguaje simbólico solamente: es una realidad espiritual que atraviesa nuestra sociedad, nuestras familias, nuestras decisiones públicas y privadas.

Celebrar la Pascua es afirmar que el amor del Padre es más fuerte que la muerte, más fuerte que la maldad, más fuerte que cualquier oscuridad que intente dominar nuestra vida o nuestra comunidad. El Resucitado es la luz que ha venido al mundo, y por eso en nuestros templos brilla el cirio pascual: no como adorno, sino como declaración. Esa luz ilumina mis errores no para destruirme, sino para redimirlos. Ilumina también las sombras de nuestra sociedad, esas que preferimos no mirar, porque solo a la luz de Dios adquieren sentido y posibilidad de cambio.

La vida eterna no es un premio futuro; es una calidad de vida que ya comienza cuando creo en el amor de Dios y me dejo transformar por Él. Hoy le digo al Padre: Tú que tanto amaste al mundo que no escatimaste a tu propio Hijo, gracias por la luz que ilumina mis oscuridades. Perdona mis miedos, mis dudas, mi tendencia a ocultar mis obras. Y le pido a Cristo resucitado la gracia de vivir como hijo de la luz, con valentía, con alegría, con obras que construyan paz, justicia y amor en medio de nuestra sociedad herida.

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. Ruega por nosotros para que seamos dignos de las promesas de Cristo. Amén.

La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, nos bendiga y nos acompañe siempre.

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