La sesión extraordinaria de Cabildo del 30 de abril estaba diseñada para avanzar con puntualidad quirúrgica: lista de asistencia, aprobación de actas, votación de acuerdos y la preparación para la condecoración a Isabel Díaz Ayuso. Todo marchaba conforme al guion institucional hasta que, varios minutos después de iniciada la transmisión, irrumpió la regidora Marta Márquez. Su entrada tardía no solo alteró el ritmo; abrió un episodio que convirtió la sesión en un ejercicio de resistencia para el resto del Cabildo.
Apenas activó su micrófono, Márquez reclamó que la sesión se realizara vía Zoom. No importó que la convocatoria hubiera sido aprobada previamente por el pleno ni que el Código Municipal lo permitiera. Para ella, la modalidad virtual era una afrenta, un síntoma de opacidad y una falta de respeto a la ciudadanía. Desde ese momento, la sesión dejó de ser un espacio deliberativo y se transformó en un escenario donde la regidora buscó imponer agenda, tono y ritmo.
Mientras el secretario intentaba avanzar con la votación, Márquez interrumpía para exigir explicaciones, cuestionar la legalidad del formato y denunciar que no escuchaba la transmisión. El resto de los regidores confirmaba que la conexión era estable, pero la regidora insistía en que la falla era general y no de su dispositivo. La sesión quedó atrapada en un bucle: el Cabildo avanzaba, Márquez regresaba al punto inicial, y el secretario repetía instrucciones que ya habían sido escuchadas por todos menos por ella.
En un giro inesperado, la regidora propuso suspender la sesión virtual y trasladarse de inmediato al Palacio Municipal. No importó que la sesión ya estuviera legalmente instalada ni que el orden del día avanzara; Márquez insistió en que solo una sesión presencial garantizaba transparencia. La síndica Yadira Salas pidió orden, otros regidores señalaron que la transmisión funcionaba sin problemas, pero la regidora mantuvo su postura: si ella no escuchaba, la sesión debía detenerse.
A partir de ahí, la discusión dejó de girar en torno a los acuerdos del Cabildo. Márquez introdujo temas ajenos al punto en debate, como la situación del agua potable y la atención en MIAA, desplazando la agenda institucional para colocar en el centro su propia narrativa. El Cabildo intentaba regresar al orden del día; ella regresaba al reclamo inicial. La sesión se convirtió en un forcejeo entre quienes buscaban avanzar y quien buscaba reorientar el encuentro hacia un monólogo político.
Incluso en las votaciones, la tensión persistió. Márquez afirmó no haber escuchado cuando se le llamó a votar, aunque el secretario aseguró que su participación había sido registrada. La regidora exigió repetir explicaciones, pidió la grabación de la sesión y responsabilizó al secretario por no garantizar que su voz fuera escuchada. El resto del Cabildo, conectado sin fallas, observaba cómo la sesión se desviaba una y otra vez hacia el mismo punto.
A pesar de las interrupciones, los acuerdos fueron aprobados por mayoría. La regidora votó en contra de los puntos relacionados con la condecoración a Isabel Díaz Ayuso, pero su postura quedó opacada por el protagonismo que asumió durante toda la sesión. Más que un debate institucional, la transmisión se convirtió en una crónica de tensiones, reclamos y confrontaciones que marcaron el tono del encuentro.
La sesión terminó, pero la escena quedó clara: mientras el Cabildo intentaba avanzar en su agenda, Marta Márquez buscó imponer la suya, convertir la sesión en un espacio de confrontación y colocar su voz por encima del orden del día. La crónica del día no fue la condecoración, ni la reforma al reglamento, ni la votación. Fue la regidora que intentó reventar la sesión, tensionar a sus compañeros y dictar el ritmo de un Cabildo que, pese a todo, logró concluir.

