Durante años, el Templo del Señor de la Columna fue un punto fijo en el mapa de la fe: misa dominical, rutina cumplida, regreso a casa. Un rito más dentro de la vida parroquial. Hasta que, hace alrededor de siete años, ocurrió un hecho poco común en la dinámica eclesial: la llegada de un sacerdote joven que entendió que la Palabra de Dios no es un eco repetido, sino una presencia viva; que no se declama, se explica; que no se impone, se propone. Ese matiz, aparentemente menor, terminó por transformar un templo y, con él, a una comunidad entera.
Lo que antes era un trámite litúrgico se convirtió en un espacio de encuentro real. Cada ocho días, el Evangelio dejaba de ser lectura para convertirse en diálogo. Se abría, se contextualizaba, se estudiaba. Había investigación, había método, había respeto por la inteligencia de los fieles. No hablaba desde el púlpito como quien dicta sentencia, sino como quien comparte camino. Y en ese tono humano, directo, contemporáneo, muchos volvieron a escuchar a Dios como si fuera la primera vez.
De esa forma nació algo que hoy parece natural, pero que no lo es: una comunidad auténtica. No un grupo disperso de asistentes, sino un pueblo que camina junto a su pastor. La rectoría, que en un inicio ofrecía una sola misa dominical, comenzó a llenarse no por costumbre, sino por convicción. Las bancas se poblaron de rostros conocidos, de historias que se cruzaban, de personas que encontraron en esas homilías una razón para regresar, para quedarse, para replantearse la fe.
El sello de su predicación fue siempre la coherencia. No ofreció consuelos fáciles ni fórmulas de paz superficial. Confrontó. Señaló la diferencia entre la paz aparente —esa que evita el conflicto y acomoda la verdad— y la paz del Evangelio, que exige fidelidad, perdón y conversión. Recordó que el amor no es un concepto etéreo, sino una fuerza capaz de enfrentar el caos cotidiano, la violencia, el rencor y la indiferencia. Cuestionó la religiosidad de fachada, la tradición vacía, el ritual sin compromiso. Y lo hizo sin estridencias, pero con firmeza.
Cuando la pandemia amenazó con fracturar los vínculos comunitarios, su presencia no se desvaneció. Se mantuvo cercano, atento, pastor que conoce a sus ovejas y sabe acompañar sin intimidar, corregir sin herir, guiar sin imponer. En cada homilía se asomaba la imagen del buen pastor que busca a la oveja perdida no para exhibirla, sino para devolverla al redil.
Para muchos, escucharlo fue un proceso de regreso interior. Cada Evangelio encontraba una lectura distinta; ninguna homilía era igual a la anterior. Había metáforas contemporáneas, referencias culturales, imágenes de camino y peregrinación que ayudaban a entender la vida como tránsito, como responsabilidad, como esperanza activa. La fe dejaba de ser estática y se convertía en acción.
Hoy, el Templo del Señor de la Columna ocupa un lugar visible en la vida eclesial no por estrategias ni protagonismos, sino por algo más profundo: ahí, la Palabra de Dios se explica, se vive y se exige. No solo consuela; forma. No solo acompaña; desafía. Y en tiempos donde la fe corre el riesgo de diluirse entre la rutina y el ruido, esa forma de predicar sigue recordando que el Evangelio, cuando se anuncia con verdad, siempre encuentra tierra fértil.
Así se mueve el tablero, así se mueve el poder.

