El Ensayista de San Nicolás
Por momentos, la vida universitaria parece debatirse entre dos fuerzas opuestas: el discurso del humanismo y la práctica del poder. Cuando esa tensión se profundiza, no sólo se erosionan relaciones personales, sino que se debilita la esencia misma de la institución.
En los últimos tiempos, diversas voces dentro de la comunidad han señalado —desde su propia experiencia— que el liderazgo de la Dra. Yarabí Ávila González ha derivado en prácticas que algunos califican como egocéntricas y alejadas del ideal humanista que se proclama. No se trata aquí de emitir sentencia ni de sustituir a las instancias competentes, sino de reflexionar sobre un fenómeno que, cuando aparece en cualquier espacio académico, resulta profundamente preocupante: la concentración simbólica del poder en una sola voluntad.
El humanismo universitario no es una consigna retórica. Es una forma de ejercer la autoridad con mesura, diálogo y respeto a la pluralidad. Supone entender que dirigir no es imponer, que coordinar no es intimidar y que discrepar no equivale a traicionar. Cuando el liderazgo se percibe como vertical, reactivo ante la crítica y dispuesto a neutralizar a quien aspira o piensa distinto, el mensaje que se transmite es de control, no de comunidad.
Algunos actores han hablado incluso de un ambiente de presión y hostilidad hacia directores o académicos que no se alinean políticamente. Tales percepciones —independientemente de su origen— revelan un clima que merece atención. En cualquier universidad pública, la sola sensación de miedo o vigilancia política constituye ya un síntoma de deterioro institucional.
Particularmente delicada es la percepción de que órganos técnicos, como la Contraloría o la Oficina del Abogado General, puedan actuar con un sesgo político. Estos espacios existen para garantizar legalidad, transparencia e imparcialidad. Su fortaleza radica en su autonomía técnica. Cuando se les percibe como instrumentos de presión, se desnaturaliza su función y se erosiona la confianza en el Estado de Derecho universitario. La Contraloría no es policía política; es órgano de control. El Abogado General no es operador estratégico; es garante jurídico.
El problema del egocentrismo en el poder no es personal, es estructural. Se manifiesta cuando la figura del liderazgo se vuelve el centro de toda decisión, cuando la crítica es interpretada como amenaza y cuando el proyecto institucional se confunde con el proyecto individual. En ese punto, el discurso humanista deja de ser convicción y se convierte en ornamento.
La universidad, por definición, es plural. Está hecha de contradicciones, debates y aspiraciones legítimas. Los directores, los profesores, los investigadores y los estudiantes no son piezas intercambiables de una maquinaria política; son sujetos con voz propia. Silenciarlos —por acción o por omisión— empobrece la vida académica.
Porque al final, el problema no es una persona, sino la forma en que se concibe el poder dentro de la universidad. Cuando la autoridad se ejerce desde el centro del ego y no desde la comunidad, la institución deja de ser espacio de pensamiento y se convierte en espacio de control. Y el control, por más que se disfrace de orden administrativo o de rigor jurídico, termina por asfixiar la libertad académica.
Si la Contraloría es percibida como brazo coercitivo y no como órgano técnico; si el Abogado General aparece más como operador político que como garante del marco normativo; si los directores sienten que disentir implica exponerse; si el personal académico percibe visitas y revisiones como advertencias y no como acompañamiento institucional, entonces algo profundo se ha descompuesto. No en la norma escrita, sino en la ética del ejercicio del poder.
El humanismo universitario no admite el miedo como herramienta. La crítica no es insubordinación; es vitalidad intelectual. La aspiración legítima a participar o a competir no es traición; es parte de la vida democrática. Cuando el liderazgo interpreta toda diferencia como amenaza, revela inseguridad, no fortaleza.
Las universidades públicas sobreviven a las rectorías, pero no sobreviven a la erosión de sus principios. La historia juzga con mayor severidad a quienes confundieron la institución con su propio proyecto personal. Y también reconoce a quienes, en momentos de tensión, eligieron la mesura sobre la revancha, el diálogo sobre la intimidación, la institucionalidad sobre el ego.
La pregunta que queda en el aire no es quién tiene hoy el control, sino qué tipo de universidad queremos dejar mañana. Una universidad humanista no se proclama: se practica. Y esa práctica comienza por comprender que el poder, cuando se ejerce sin límites éticos, termina debilitando incluso a quien lo ostenta.
Porque el humanismo no es un lema administrativo; es una convicción moral que se demuestra en la forma de gobernar, en la tolerancia frente a la crítica y en la serenidad ante la competencia legítima. Cuando el liderazgo pierde esa brújula, no sólo se extravía la autoridad: se resquebraja la confianza.
Y sin confianza, ninguna universidad puede sostener su grandeza histórica.
El Ensayista de San Nicolás

