Queridos hermanos, hoy me dirijo a ustedes con el corazón puesto en quienes más necesitan fortaleza: nuestros enfermos, nuestros desaparecidos, quienes han muerto en medio de la violencia y sus familias que siguen cargando un dolor que no se disipa. Oro también por nuestros hermanos con discapacidad y por quienes los acompañan cada día, porque en ellos descubrimos el rostro vivo de Jesús.
El Evangelio de este lunes, tomado de Juan 16, 29-33, nos coloca frente a una verdad que atraviesa la vida de todos: la fe no se mide cuando todo está en calma, sino cuando la tormenta nos obliga a decidir en quién confiamos. Los discípulos aseguran comprenderlo todo, pero Jesús les revela que su fe será probada. Se dispersarán, lo dejarán solo, y aun así Él afirma: “No estoy solo, porque el Padre está conmigo.”
Esa frase sostiene mi propia historia. Cuando mi hijo nació con una enfermedad congénita, recorrí hospitales, estudios, diagnósticos y puertas que se cerraban. Escuché palabras que golpearon mi alma: “Su hijo no tiene remedio.” Sin embargo, nunca acepté que la última palabra la tuviera la medicina. La tiene Dios. Hoy mi hijo es un adolescente, y cada vez que lo veo recuerdo que la fe comienza justo donde terminan nuestras fuerzas.
La Iglesia vive estos días entre la Ascensión del Señor y la espera del Espíritu Santo. Cristo ha subido al Padre, pero no nos ha abandonado. Los discípulos sienten alegría y ausencia al mismo tiempo, como también nosotros cuando la violencia, la enfermedad, la incertidumbre económica o los conflictos familiares oscurecen el horizonte. Hay momentos en los que parece que Dios guarda silencio, pero es precisamente ahí donde su presencia se vuelve más profunda.
Jesús no promete una vida sin dolor. Promete algo mayor: su compañía en medio del dolor. Dice con claridad: “En el mundo tendrán tribulación.” No engaña, no maquilla la realidad. La fe cristiana no es evasión; es la certeza de que la tribulación no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Dios, y esa palabra es vida, esperanza y victoria.
Hoy, como sociedad, vivimos cansancio, miedo y preguntas que no encuentran respuesta inmediata. La violencia nos inquieta, la enfermedad nos desgasta, el futuro nos preocupa. Pero escucho nuevamente la voz del Señor que devuelve la paz: “Tengan valor, yo he vencido al mundo.” Esa victoria no elimina la cruz, pero transforma su peso. No borra la noche, pero enciende una luz que no se apaga.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desprecies nuestras súplicas en las dificultades. Líbranos de los peligros, Virgen gloriosa y bendita. Ruega por nosotros para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, permanezca con ustedes y los acompañe siempre.

