Por el Ensayista de San Nicolás
Hay momentos en la vida institucional de una universidad pública en que los discursos dejan de ser simples piezas protocolarias para convertirse en síntomas políticos. El mensaje pronunciado por la Dra. Yarabí Ávila González el pasado 15 de mayo, durante la ceremonia de reconocimiento a maestras y maestros con décadas de servicio universitario, no fue únicamente un discurso desafortunado para la ocasión; fue la radiografía de una forma de entender el poder universitario que resulta profundamente preocupante para cualquier comunidad académica que todavía crea en la pluralidad, en la crítica y en la autonomía como valores colectivos y no como patrimonio personal de quien temporalmente ocupa la Rectoría.
Lo primero que debe decirse sin rodeos es que el discurso fue profundamente irrespetuoso con las y los docentes homenajeados. El acto tenía un propósito claro: reconocer trayectorias académicas de vida, décadas enteras dedicadas a la enseñanza, a la investigación y a la construcción cotidiana de la Universidad Michoacana. Hombres y mujeres que han sobrevivido a crisis financieras, huelgas, cambios políticos, rectorados buenos y malos, precariedad laboral y abandono institucional, sosteniendo aun así la dignidad de la universidad pública desde las aulas. Sin embargo, la ceremonia terminó convertida en una larga pieza de propaganda política orientada a justificar la huelga, reivindicar el actuar del rectorado y construir una narrativa épica donde la figura de la Rectora aparece como eje moral de resistencia frente a enemigos que supuestamente buscan destruir a la Universidad.
Ese desplazamiento no es menor. Revela una lógica profundamente autorreferencial del poder. El centro emocional del acto dejó de ser el magisterio universitario y pasó a ser la propia Rectora. El homenaje quedó subordinado a la necesidad política de explicar, justificar y reinterpretar el conflicto universitario reciente. Y eso, además de políticamente calculado, resulta éticamente cuestionable. Porque utilizar una ceremonia académica de reconocimiento docente para convertirla en plataforma de legitimación personal constituye una instrumentalización política de la comunidad universitaria.
El discurso arranca aparentemente con un tono conciliador, hablando de abrazos, comunidad y unidad. Pero rápidamente abandona cualquier dimensión genuinamente institucional para entrar en la construcción de un relato político cuidadosamente diseñado. La huelga aparece no como el resultado de una compleja ruptura de relaciones laborales ni como consecuencia de errores acumulados de todas las partes, sino como una agresión externa contra la Universidad. Ahí comienza la gran operación discursiva: borrar toda responsabilidad interna y trasladar el conflicto al terreno de una supuesta conspiración política contra la institución.
Y es precisamente ahí donde el discurso adquiere un tono peligrosísimo para la vida democrática universitaria.
Porque la Rectora no se limita a defender su gestión; comienza a hablar como si ella misma representara a la Universidad. Las frases sobre “quienes quieren ver a la Universidad sometida” o “el espíritu nicolaíta no se dobla” contienen una carga política mucho más grave de lo que aparentan. El mensaje implícito es brutalmente claro: quien cuestiona al rectorado cuestiona a la Universidad; quien critica la conducción institucional del conflicto laboral se convierte automáticamente en enemigo del espíritu nicolaíta.
Ese mecanismo discursivo es profundamente autoritario, aunque se disfrace de defensa institucional.
Más grave aún es que ese mensaje no quedó circunscrito al momento emotivo de la ceremonia. No fue una frase dicha al calor del acto, ni una expresión aislada pronunciada ante maestras y maestros homenajeados. La misma narrativa continuó reproduciéndose en redes sociales, boletines y espacios oficiales de comunicación universitaria, acentuando precisamente la frase más confrontativa del discurso: “quienes quieren ver a la Universidad sometida, doblegada, cerrada, han fracasado… el espíritu nicolaíta no se dobla”. Con ello, la ceremonia del Día del Maestro dejó de ser solamente un acto desviado de su propósito original y se convirtió en parte de una estrategia comunicacional más amplia: instalar en la opinión pública la idea de que toda crítica, toda inconformidad laboral y todo cuestionamiento a la conducción rectoral forman parte de un intento por someter a la Universidad. Esa reiteración ya no es casualidad retórica; es construcción deliberada de relato político.
Las universidades públicas no son iglesias donde la autoridad ocupa el lugar del dogma. Tampoco son monarquías donde la figura del gobernante se confunde con la nación. La Universidad Michoacana no empezó con este rectorado ni terminará con él. La autonomía universitaria no le pertenece emocionalmente a ninguna Rectora. La crítica al poder universitario no constituye traición institucional. Y justamente por eso resulta tan grave la insistencia del discurso en fusionar simbólicamente la figura de la Rectora con la propia Universidad.
Porque cuando el poder empieza a identificarse a sí mismo con la institución, el disenso deja de ser legítimo y comienza a ser percibido como amenaza moral.
Y entonces el discurso da un paso todavía más preocupante: la apropiación descarada de la historia nicolaita.
La Rectora no se limita a citar a Miguel Hidalgo y Costilla o a reivindicar la tradición humanista de la Casa de Hidalgo. Va mucho más lejos. Construye una analogía política donde el conflicto contemporáneo de la Universidad aparece equiparado a las luchas históricas de emancipación nacional. Los adversarios actuales son presentados como “realistas”; quienes cuestionan la conducción universitaria quedan asociados simbólicamente a las fuerzas coloniales que combatieron a Hidalgo. Y el rectorado, por contraste, aparece colocado del lado de la resistencia histórica, de la dignidad universitaria y de la defensa moral de la autonomía.
La dimensión política de esa operación discursiva es enorme y profundamente manipuladora.
Porque ya no se está discutiendo un conflicto laboral concreto, ni una huelga, ni una estrategia de negociación colectiva. Lo que se hace es moralizar el conflicto hasta convertirlo en una batalla entre quienes están del lado correcto de la historia y quienes representan intereses oscuros, reaccionarios o corruptos. El problema de esas narrativas es que destruyen la posibilidad de convivencia democrática dentro de la Universidad. Una vez que el adversario es convertido en enemigo moral de la institución, desaparece cualquier posibilidad auténtica de interlocución.
Y ahí aparece otra de las contradicciones más grotescas del discurso: la permanente invocación al diálogo mientras simultáneamente se agrede y desacredita al interlocutor.
La Rectora agradece públicamente el “diálogo maduro y responsable”, habla de humanismo, de respeto y de construcción colectiva, pero más adelante lanza expresiones como “tronos vitalicios”, “contubernios”, “confabuladores” e “intereses políticos” que supuestamente utilizan a la Universidad como instrumento de disputa. No se trata de expresiones aisladas o emocionales. Forman parte de una narrativa deliberada de deslegitimación política del otro.
Y eso revela algo profundamente grave: nunca existió realmente una visión permanente de solución del conflicto.
Porque la negociación colectiva auténtica no funciona sobre la base de la humillación pública del interlocutor. La teoría moderna de las relaciones laborales —incluyendo la impulsada por la Organización Internacional del Trabajo— entiende la negociación como un proceso continuo de construcción de confianza, reconocimiento mutuo y adopción conjunta de decisiones. La negociación no comienza el día del estallamiento de huelga ni termina cuando se firma un convenio. Es una dinámica permanente de administración institucional del conflicto.
Sin embargo, el discurso rectoral contradice completamente esa lógica.
Porque si realmente hubiera existido voluntad política permanente de negociación, el conflicto universitario no habría llegado al nivel de desgaste que alcanzó. No puede hablarse seriamente de triunfo del diálogo cuando durante más de un año y cuatro meses desde el emplazamiento de 2025 y durante meses posteriores se permitió la acumulación de tensiones, inconformidades y desgaste laboral hasta desembocar en una huelga que paralizó a la Universidad y afectó precisamente a esos 57 mil estudiantes cuya defensa se invoca constantemente en el discurso.
La huelga no fue producto de una conspiración política. Fue producto de una ruptura prolongada de la relación institucional.
Y ahí es donde el discurso se vuelve políticamente deshonesto.
Porque intenta transformar un fracaso institucional en una victoria moral del rectorado. La huelga deja de ser presentada como evidencia de incapacidad política para construir acuerdos oportunos y pasa a convertirse en una especie de prueba heroica donde la Rectora resistió ataques, enemigos y maniobras externas para salvar a la Universidad.
La narrativa es profundamente peligrosa porque romantiza el conflicto.
Las huelgas universitarias no son epopeyas heroicas. Son derrotas colectivas. Representan el fracaso temporal de las partes para sostener mecanismos funcionales de negociación y convivencia institucional. Cada día sin clases, cada estudiante afectado y cada semestre alterado constituyen evidencia de deterioro institucional, no medallas políticas para ninguna administración.
Pero el discurso necesita fabricar heroísmo porque necesita ocultar responsabilidades.
Y por eso recurre obsesivamente a la idea del complot. “Ataques políticos”, “espacios de poder”, “maniobras”, “intereses externos”, “confabuladores”. El lenguaje es revelador. Todo el conflicto es explicado mediante enemigos externos que pretenden someter a la Universidad. Desaparece completamente cualquier reflexión seria sobre errores internos, omisiones políticas o malas decisiones administrativas.
Ese mecanismo es típico de los liderazgos que empiezan a perder legitimidad política: sustituir la autocrítica por la fabricación constante de enemigos.
Mientras más se debilita políticamente el poder, más necesita construir relatos épicos de resistencia.
Por eso el discurso insiste tanto en el heroísmo rectoral, en la defensa histórica de la Universidad y en la existencia de fuerzas externas empeñadas en destruirla. Porque necesita cohesionar emocionalmente a la comunidad alrededor de la figura de la Rectora.
Pero la realidad universitaria es mucho menos romántica y mucho más dura.
La Universidad Michoacana atravesó una huelga prolongada porque existió incapacidad política para resolver oportunamente un conflicto laboral complejo. Porque se permitió que el desgaste creciera. Porque se judicializó el conflicto mediante tácticas legales que prolongaron la crisis mientras se hablaba discursivamente de diálogo. Porque se privilegió la confrontación política sobre la reconstrucción temprana de acuerdos.
Y quizá el momento más revelador del discurso llega cuando la propia Rectora afirma que “somos muy estrategas para saber en qué momento actuar”. La frase desnuda completamente el verdadero fondo político del mensaje. Ya no habla una autoridad académica preocupada por la reconciliación universitaria; habla una operadora política consciente de las correlaciones de fuerza, del cálculo estratégico y de la administración del conflicto como instrumento de poder.
Ahí se cae completamente el supuesto humanismo universitario que el discurso intenta invocar.
Porque el humanismo auténtico no necesita fabricar enemigos internos. No necesita apropiarse de Hidalgo ni colocarse simbólicamente junto a Ocampo. No necesita dividir a la comunidad universitaria entre leales y traidores. No necesita convertir la autonomía universitaria en un patrimonio emocional del rectorado.
Las universidades verdaderamente democráticas entienden que el conflicto forma parte de la vida institucional y que la crítica al poder no debilita a la Universidad: la fortalece.
Precisamente porque la Universidad no existe para producir obediencias políticas, sino pensamiento crítico.
Y quizá esa sea la gran tragedia política del discurso del 15 de mayo. Mientras pretendía reivindicar la grandeza histórica de la Universidad Michoacana, terminó exhibiendo una visión profundamente patrimonialista y personalista del poder universitario. Una visión donde la autoridad parece incapaz de distinguir entre defender a la Universidad y defenderse a sí misma.
Pero la Casa de Hidalgo no pertenece a ningún rectorado.
No es un escenario para construir relatos heroicos personales.
No es una plataforma propagandística.
No es un patrimonio político de quien ocupa temporalmente la Rectoría.
La Universidad Michoacana pertenece a una historia demasiado grande para ser utilizada como escudo emocional del poder. Y precisamente por ser nicolaíta, sobrevivirá también a esta peligrosa tentación de quienes creen que criticar a la autoridad equivale a traicionar a la Universidad.

