Hoy hablo a la sociedad desde la experiencia viva de la Palabra, porque la conversión de Saulo que escuchamos en los Hechos de los Apóstoles no es un relato antiguo, sino un espejo que nos alcanza en este tiempo. He contemplado nuevamente este pasaje y descubro que la pregunta más fuerte de Jesús —“¿por qué me persigues?”— sigue atravesando nuestra realidad. La digo en primera persona porque también yo la escucho dirigida a mí, y la dirijo a ustedes porque todos caminamos con escamas que nos impiden ver.
He comprendido que la caída de Saulo no es un castigo, sino un acto de amor que lo desarma para que pueda nacer de nuevo. Y al mirar nuestra vida social, descubro que también nosotros hemos sido derribados muchas veces por nuestras soberbias, por nuestras seguridades, por nuestras verdades absolutas que no dejan espacio para el otro. He visto cómo, en medio de nuestras tensiones, Jesús sigue saliendo al encuentro, incluso cuando caminamos en dirección contraria. Él nos pregunta por qué lo perseguimos cuando lastimamos, cuando excluimos, cuando negamos la dignidad del hermano.
He reconocido que Saulo queda ciego para que pueda ver de verdad. Y pienso en cuántas cegueras colectivas seguimos cargando: prejuicios, polarizaciones, violencias normalizadas, indiferencias que se vuelven costumbre. A veces creemos que vemos, pero caminamos sin luz. A veces creemos que tenemos la razón, pero no escuchamos la voz que nos llama por nuestro nombre. La Pascua de Saulo comienza en la oscuridad, y esa oscuridad también nos toca cuando la vida nos detiene, cuando algo se rompe, cuando ya no podemos seguir como antes.
He visto que Jesús no abandona a Saulo en su ceguera. Le envía a Ananías, un hombre que tiene miedo, dudas y reservas, pero que obedece. Y aquí descubro un mensaje urgente para nuestra sociedad: nadie se convierte solo. Todos necesitamos a alguien que nos imponga las manos, que nos devuelva la mirada, que nos recuerde que Dios no nos descarta. He aprendido que la gracia de Dios no se detiene ante nuestras historias, ni ante nuestros errores, ni ante nuestras resistencias. Él sigue eligiendo instrumentos donde nosotros solo vemos problemas.
He entendido que las escamas caen cuando dejamos que Cristo toque lo que más nos duele. Y hoy le pido al Señor que derribe nuestros muros de orgullo, que nos haga pasar de las sombras a la luz, que nos permita reconocerlo en quienes más nos cuesta amar. Porque la conversión de Saulo no es un cambio de religión, es un paso de muerte a vida. Es Pascua pura. Es renacer. Es dejar que el Espíritu Santo respire donde antes solo había amenazas.
Hoy, como pastor, afirmo que nadie está demasiado lejos para la gracia. Ningún corazón está perdido. Ninguna historia está cerrada. La luz que envolvió a Saulo sigue resplandeciendo sobre nosotros, incluso cuando no la vemos. Y si permitimos que esa luz nos toque, también nosotros podremos levantarnos, recuperar fuerzas y anunciar que Jesús es el Hijo de Dios, no solo con palabras, sino con una vida reconciliada.

