A la luz de las velas y en latín: así amaneció la fe en el Rorate Caeli

by Enlace Noticias

A las seis de la mañana, cuando la ciudad aún permanecía en silencio y la noche apenas comenzaba a retirarse, dio inicio la Misa Rorate Caeli en el Templo de la Rectoría del Señor de la Columna, una celebración profundamente simbólica del tiempo de Adviento que se vivió en un clima de recogimiento, espera y fe. La Eucaristía, ofrecida en latín, se desarrolló en un ambiente de sobriedad litúrgica que remitió a las formas más antiguas de la tradición católica, subrayando el sentido de vigilia y esperanza que caracteriza esta celebración.

El templo se mantuvo casi en penumbra. No hubo iluminación artificial: únicamente la luz de las velas encendidas por los fieles, vestidos de blanco, iluminó el recinto, creando una atmósfera de silencio orante y contemplación. La escena evocó el antiguo clamor del profeta Isaías —Rorate caeli desuper—, una súplica para que los cielos derramen al Justo y la tierra haga brotar al Salvador, expresión que da nombre a esta misa celebrada antes del amanecer.

La celebración fue oficiada por el padre Julio César Fajardo Aguilar, quien condujo los ritos con serenidad y profundidad espiritual. La proclamación de la Palabra, los momentos de silencio, el simbolismo del fuego y la orientación del altar hacia el oriente marcaron el ritmo de una liturgia que invitó a los asistentes a detenerse y a vivir el Adviento no desde la prisa, sino desde la espera consciente.

Durante la homilía, el sacerdote compartió una experiencia personal ocurrida en medio de jornadas particularmente intensas y agotadoras. Relató cómo, tras participar en diversas actividades pastorales y compromisos comunitarios, llegó apresurado al templo para la celebración, cargando la estola que habría de utilizar. En el trayecto, la prenda se atoró inesperadamente en el pie de un bebé, obligándolo a detenerse de manera abrupta. Ese instante, explicó, se convirtió en una enseñanza espiritual: en medio del ajetreo cotidiano, Dios se hace presente para detenernos, muchas veces a través de lo pequeño, de lo frágil, de un niño que interrumpe el paso acelerado.

A partir de esa vivencia, el padre Fajardo invitó a los fieles a comprender el Adviento como un tiempo de pausa interior, de contemplación y de memoria. Recordó que, si se pierde de vista el sentido profundo de la espera, la preparación se convierte en una celebración vacía. En ese contexto, retomó las lecturas del día, particularmente el anuncio a María y la figura de José, para subrayar que el mundo se detiene ante una promesa: la concepción del Emmanuel, Dios con nosotros. María, dijo, es imagen de la disponibilidad del corazón que escucha y responde sin miedo, mientras que José representa al hombre justo que, aun con temor, se deja alcanzar por el misterio de Dios.

El sacerdote destacó que las velas sostenidas por los fieles no eran un mero gesto ritual, sino un signo de la disposición interior para recibir la luz. Cada sí dado a Dios —en la reconciliación, en la verdad, en la fidelidad cotidiana, en la Eucaristía dominical— permite que esa luz se haga presente nuevamente en el mundo. De ahí la importancia de levantarse temprano, de romper la comodidad, como una forma concreta de decirle sí al Señor.

La Misa Rorate Caeli, explicó, encierra una doble esperanza: la primera, la espera del amanecer, celebrada en medio de la oscuridad, atentos al nacimiento del sol; la segunda, más profunda, la vocación del cristiano a ser portador de esperanza y salvación en un mundo que parece adormecido o resignado. Permanecer de pie, con la lámpara encendida, es afirmar que la tiniebla no tiene la última palabra.

Conforme avanzó la celebración, la luz natural del amanecer comenzó a filtrarse lentamente por el templo, mezclándose con el resplandor de las velas y sellando el mensaje central de la liturgia: la luz vence a la oscuridad. La comunidad, reunida en silencio y oración, vivió así una celebración que fue más que un rito, una experiencia de fe que recordó que cada Adviento es una nueva oportunidad para dejarse detener por Dios, abrir el corazón a su voluntad y caminar hacia la Navidad con esperanza renovada.

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