En entrevista con Mons. José Armando Álvarez Cano, arzobispo coadjutor de Morelia, se abordó la creciente inseguridad en Michoacán y los recientes ataques contra miembros del clero. El prelado confirmó que en el último mes se han registrado agresiones armadas contra sacerdotes, quienes se encuentran en recuperación, y relató que él mismo fue sorprendido por una balacera durante un recorrido pastoral por las comunidades de Araró y Zinapecuaro.
“Los padres no tenemos privilegios sobre la comunidad. Vivimos lo que vive la gente todos los días: el temor, el miedo, la inseguridad”, declaró Álvarez Cano, al subrayar que ningún sacerdote ni obispo ha solicitado protección especial por parte del Estado. En contraste, señaló que son los actores políticos quienes suelen estar acompañados por escoltas, mientras que el clero permanece expuesto a los riesgos cotidianos.
El arzobispo atribuyó parte de la violencia a una crisis espiritual que ha desviado el sentido de la fe en ciertos sectores. “Muchos delincuentes portan medallas e imágenes religiosas, pero es una fe mal encauzada. La fe debe conducir al respeto por la vida, a la justicia y a la paz”, afirmó. En ese sentido, llamó a corregir las prácticas religiosas que se alejan de su propósito ético y comunitario.
Respecto al uso de símbolos religiosos en contextos delictivos o en expresiones culturales que normalizan la violencia, Álvarez Cano consideró que se trata de un mal testimonio para la vida cristiana. “La fe no es brujería ni superstición. Es compromiso, es amor por los demás, es enaltecer la vida”, expresó.
El prelado, quien asumirá plenamente el arzobispado en febrero próximo, ha recorrido diversas regiones del estado y recogido testimonios de sacerdotes que enfrentan condiciones similares. Reconoce que la recuperación social será lenta y que se requiere un trabajo sostenido por parte de las autoridades. “Se dejó avanzar mucho esta situación. Nos tardaremos buen tiempo en recuperarnos como sociedad”, concluyó.
La entrevista se enmarca en un contexto de creciente violencia en Michoacán, donde líderes religiosos, comunidades rurales y población civil enfrentan riesgos constantes. El llamado del arzobispo apunta a una reconstrucción ética desde la espiritualidad, sin distinción entre clero y ciudadanía.

