El gozo que transforma: entre palmas, fe y humanidad, así comienza la Semana Santa

by Enlace Noticias

Con palabras cálidas, humor llano y una claridad que toca las fibras del corazón popular, el sacerdote Julio César Fajardo Aguilar marcó el inicio de la Semana Santa durante la celebración del Domingo de Ramos en el Templo del Señor de la Columna. A través de una homilía profundamente humana y social, el religioso ofreció una lectura contemporánea del Evangelio, reconectando las tradiciones más antiguas con la vida diaria de una comunidad que —como él mismo expresó— busca sentido en medio del caos cotidiano.

“Hoy no es un funeral, es una procesión de gozo”, sentenció desde el altar, aludiendo al júbilo que los discípulos sintieron al ver entrar a Jesús en Jerusalén. Con ese mismo ánimo, el padre Fajardo convocó a los presentes a levantar sus palmas no como símbolo mágico ni como superstición heredada, sino como una declaración de fe y compromiso: “Hoy le decimos al Señor: queremos que gobiernes nuestras decisiones, nuestras familias, nuestros afectos”.

Desde una mirada pastoral profundamente vinculada con la realidad, la homilía abordó también las contradicciones humanas de la Semana Santa. “¿Quién vamos a ser esta semana?”, preguntó el sacerdote con voz firme. “¿Pedro que traiciona? ¿Judas que vende? ¿El pueblo que grita Hosanna y después crucifícalo? ¿O seremos como el sirineo que carga con la cruz?”. Estas interrogantes, más que una enseñanza doctrinal, se presentaron como una invitación a la introspección colectiva en un país atravesado por fracturas sociales, violencia estructural y espiritualidades fragmentadas.

El padre no rehuyó el análisis social ni la crítica hacia las formas superficiales de vivir la Semana Santa. Cuestionó abiertamente el “turismo religioso convertido en espectáculo”, como en el caso de Iztapalapa —evento que, recordó, no cuenta con la aprobación oficial de la Iglesia— y denunció la banalización de lo sagrado: “No hay sentido espiritual cuando lo más importante son las luces y la actuación. Lo que necesitamos es rito con alma”.

Lejos de un tono solemne y distante, el sacerdote apeló constantemente al sentido del humor popular —como cuando recordó los mitos de los abuelos que decían que uno se convertía en pescado si se bañaba en Semana Santa— pero también a la belleza natural, como la luna llena de Nisán que “anuncia la Pascua y nos recuerda que el cielo también predica”.

Uno de los momentos más conmovedores fue su reflexión sobre el valor de la fidelidad en el dolor. “El signo de nuestra lealtad no es sólo caminar con Jesús cuando todo va bien, sino también acompañarlo en la cruz, en los golpes, en el silencio”, dijo aludiendo a una fe que no huye de la contradicción, sino que se asume en medio de ella.

La homilía cerró con una analogía entrañable: la del burrito que llevó a Jesús, quien, al regresar sin él, descubrió que sin el Maestro no era más que un simple burro. “Sin Jesús, no hay fiesta”, concluyó el sacerdote, recordando a los fieles que la verdadera alegría de esta Semana Mayor no proviene del ritual externo, sino de una transformación interior y compartida.

Un mensaje más allá de lo religioso
Lo que se vivió este Domingo de Ramos fue más que una ceremonia litúrgica. Fue un llamado a la coherencia espiritual y a la construcción de comunidad. En un país que a menudo vive dividido entre la tradición y la modernidad, entre lo ritual y lo real, el padre Fajardo tejió puentes desde la palabra para invitar a su comunidad —y por extensión, al país entero— a vivir una Semana Santa con fe, sí, pero también con sentido, con compromiso, y con el corazón abierto.

Porque como dijo con énfasis: “Jesús no se quedó afuera. Entró al corazón de la ciudad, a la rutina, al trabajo, al ruido. Y ahí quiere estar. En medio de nosotros”.

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