En la Rectoría de la Columna en Morelia, el padre Julio César Fajardo Aguilar articuló una reflexión sobre la transfiguración del Señor como clave de lectura para las crisis personales y colectivas, subrayando que el camino cuaresmal no se agota en el desierto ni en la prueba. A partir del relato del monte Tabor, el sacerdote explicó la teofanía como manifestación de Dios y la vinculó con la experiencia actual de incertidumbre, insistiendo en que el sufrimiento no constituye el horizonte definitivo de la vida cristiana. “No siempre es cuaresma. No siempre es desierto. No siempre es batalla contra el demonio”, afirmó, al señalar que la fe propone un desenlace de luz y victoria frente a la percepción de que los problemas son permanentes.
El Padre Fajardo estructuró su mensaje en tres ejes: el desierto como etapa pasajera, la necesidad de movimiento interior y comunitario, y la fuerza transformadora del amor de Dios. En el primer punto, sostuvo que las crisis, enfermedades, conflictos familiares o dificultades económicas no son definitivas y advirtió sobre el riesgo de asumirlas como estado permanente. “El desierto no es para siempre. Ni la crisis ni la oscuridad”, expuso, invitando a interpretar la Cuaresma como tránsito hacia una promesa de gloria y no como simple acumulación de sacrificios.
En el segundo eje, el sacerdote destacó que las lecturas bíblicas implican movimiento: dejar la tierra, compartir los sufrimientos y levantarse sin miedo. Retomó la orden dirigida a Abraham de abandonar su patria, la exhortación paulina a compartir las dificultades y la frase de Jesús a los discípulos: “Levántense y no tengan miedo”. Desde esa perspectiva, planteó que la Cuaresma exige decisiones concretas: desprenderse de seguridades limitadas, abrir la vida al acompañamiento de otros y evitar el aislamiento que deriva en depresión, ansiedad o conductas autodestructivas. Subrayó que el camino espiritual es personal pero no individual, y que la experiencia de fe se sostiene en la comunidad que escucha, espera y camina al mismo ritmo de quien se queda atrás.
El tercer eje se centró en la voz del Padre como elemento que transfigura a Jesús y, por extensión, al creyente. Fajardo afirmó que lo que cambia el rostro y las vestiduras del Señor en el relato evangélico no es un esfuerzo humano, sino la declaración divina de que es el Hijo amado. A partir de esa imagen, sostuvo que el amor tiene capacidad real de transformación en la vida cotidiana, desde la organización del hogar hasta la manera de enfrentar el dolor. Recordó experiencias pastorales con jóvenes en situación de vulnerabilidad que, al encontrar una figura de referencia, reaccionan llamando “papá” casi de inmediato, lo que interpretó como signo de una fuerte necesidad de paternidad y reconocimiento.
El presbítero advirtió sobre el riesgo de resignarse a la propia historia, al pecado o a las malas decisiones, y definió la Cuaresma como una decisión de no aceptar la inmovilidad ni la derrota como destino. Señaló que la experiencia litúrgica no puede quedar confinada al templo y que la participación en la Eucaristía debe traducirse en cambios concretos en la vida ordinaria, especialmente en la forma de relacionarse con los demás y de nombrar a Dios como Padre incluso en medio de la prueba. Al concluir, insistió en que la humanidad necesita reconocerse amada y que “solo el amor es digno de fe”, planteando que la herramienta central para transformar el mundo no es la violencia, sino la fuerza de un amor que, según dijo, “todo lo que toca sí llega a cambiar”.

