Queridos hermanos, hoy me detengo ante el Evangelio que la Iglesia nos propone y que he meditado profundamente. Lo hago no solo como pastor, sino como un hombre que, igual que ustedes, camina entre dudas, cansancios, búsquedas y esperanzas. Y desde ese lugar comparto esta reflexión que nace del corazón y se dirige al corazón de nuestra sociedad.
El primer requisito para hacer oración es tener fe. No una fe abstracta, sino esa certeza interior que reconoce la presencia de Dios en nuestra vida, aun cuando no lo entendemos todo. Su presencia es misterio: sorprende, envuelve, sostiene. Y, sin embargo, muchas veces vivimos como si ese misterio no nos tocara.
Hoy el Evangelio de San Marcos (5, 21-43) me coloca frente a dos historias que se entrelazan y que revelan la fuerza transformadora de la fe. Jairo, un padre desesperado, y una mujer agotada por doce años de sufrimiento. Ambos llegan a Jesús desde su límite. Ambos se atreven a creer cuando todo parece perdido. Ambos descubren que la fe auténtica no es un gesto exterior, sino un acto profundo del corazón.
Mientras medito este pasaje, recuerdo las palabras de un médico que me compartió un caso que marcó su vida: una niña con un tumor que, después de múltiples estudios, simplemente desapareció. Los padres habían orado sin descanso. La ciencia no encontró explicación. La fe sí encontró sentido. Y yo he visto esto muchas veces: cuando la fe toca la vida, la vida cambia.
El Evangelio de hoy no solo habla de enfermedades físicas. También habla de nuestras muertes interiores: el aislamiento que nos encierra, la desesperanza que nos paraliza, la pérdida de sentido que nos vacía. Cuántas veces caminamos entre la multitud, como la mujer del Evangelio, pero sin atrevernos a tocar a Jesús con el corazón. Cuántas veces escuchamos malas noticias, como Jairo, y dejamos que el miedo nos robe la fe.
Hoy quiero decirle a nuestra sociedad, con la misma fuerza con la que Jesús habló a Jairo: “No temas, basta que tengas fe.”
Porque la fe no es evasión; es valentía.
No es magia; es encuentro.
No es consuelo barato; es fuerza que levanta.
Cuando el miedo nos paraliza, Jesús nos habla al corazón.
Cuando la vida nos derrumba, Él nos toma de la mano y nos dice:
“Talita kum… Óyeme, levántate.”
Y yo creo firmemente que hoy, como ayer, Jesús sigue pronunciando esas palabras sobre nuestras familias, nuestras comunidades, nuestra sociedad herida. Nos invita a levantarnos de nuestras postraciones, a caminar de nuevo, a recuperar la esperanza que hemos dejado caer.
Señor Jesús, como Jairo, me postro ante ti con las angustias de tu pueblo.
Como la mujer del flujo de sangre, extiendo mi mano para tocar tu manto.
Danos una fe que no se rinda ante las malas noticias ni ante el paso del tiempo.
Levántanos, Señor, y haznos caminar con la fuerza de tu Espíritu. Amén.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios.
No desprecies las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades.
Antes bien, líbranos de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los bendiga y los acompañe siempre.

