Queridos hermanos, hoy hago un alto en mi caminar pastoral para compartir con ustedes una reflexión que nace del Evangelio y que, al mismo tiempo, toca la vida concreta de nuestra sociedad. He escuchado nuevamente el pasaje de la curación del paralítico en la piscina de Betesda, y confieso que su fuerza espiritual me sigue interpelando. No es un relato lejano: es un espejo que nos revela nuestras propias parálisis, esas que hemos normalizado y que, sin darnos cuenta, frenan nuestra capacidad de amar, servir y vivir en plenitud.
En Betesda —la casa de la misericordia— yace un hombre que ha permanecido 38 años enfermo. Treinta y ocho años esperando, resignado, acostumbrado a su condición. Cuando Jesús se acerca, no le pregunta por su historia, ni por sus culpas, ni por sus razones. Le hace una sola pregunta que atraviesa el alma: “¿Quieres curarte?”
Esa pregunta la escucho hoy resonar en nuestra sociedad. La escucho en nuestras familias heridas, en nuestras comunidades divididas, en quienes han perdido la esperanza, en quienes se han acostumbrado a vivir en la sombra del rencor, la corrupción, la violencia o la indiferencia. La escucho también en quienes, aun sabiendo que necesitan levantarse, siguen diciendo como aquel hombre: “No tengo a nadie.”
He visto esa misma resignación en muchos rostros a lo largo de mi ministerio. Recuerdo a aquel hombre inválido que pedía limosna en la plaza. Lo invitamos al asilo para que recibiera atención, compañía y cuidado. Pero él prefirió quedarse en su condición conocida, aunque fuera dolorosa. Y comprendí que, a veces, el mayor obstáculo para sanar no es la enfermedad, sino el miedo a cambiar.
Hoy, como pastor, les hablo desde esa experiencia: nos hemos acostumbrado a vivir espiritualmente enfermos.
Nos hemos habituado a repetir los mismos pecados, a cargar las mismas heridas, a justificar las mismas actitudes. Y cuando Dios nos ofrece una vida nueva, respondemos con excusas, con cansancio, con evasivas.
La Cuaresma nos coloca frente a la misma pregunta que Jesús hizo en Betesda. No es una pregunta retórica. Es una invitación a despertar la voluntad, a romper la resignación, a dejar de culpar las circunstancias. Es un llamado a reconocer que la misericordia de Dios no se agota, que su gracia no depende de un “movimiento del agua”, sino de un corazón dispuesto.
Jesús no solo cura al paralítico: lo levanta, lo dignifica, lo envía a caminar. Y luego le dice: “No peques más.”
No como amenaza, sino como una advertencia amorosa: la verdadera sanación implica responsabilidad, implica conversión, implica un cambio de vida.
Hoy, hermanos, yo también escucho esa voz dirigida a nuestra sociedad.
A quienes viven atrapados en la violencia: ¿Quieres curarte?
A quienes se han resignado a la corrupción: ¿Quieres curarte?
A quienes han perdido la fe en la familia, en la comunidad, en el prójimo: ¿Quieres curarte?
A quienes sienten que caminan solos: ¿Quieres curarte?
Jesús no nos pide perfección. Nos pide decisión.
Nos pide levantarnos, tomar nuestra camilla —esa historia que cargamos, con luces y sombras— y caminar hacia una vida nueva.
Que el Señor sane nuestras parálisis más profundas: la indiferencia, el egoísmo, la falta de perdón, la comodidad espiritual. Que nos conceda la valentía de decirle que sí, sin excusas, sin miedo, sin evasiones.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. Ruega por nosotros para que tengamos la fuerza de levantarnos y caminar hacia la luz.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los bendiga y los acompañe siempre.

