Queridos hermanos, hoy hago un alto en mis actividades para invitarles a detener también el paso y permitir que la Palabra de Dios ilumine nuestro corazón. En medio de tantas voces que nos distraen, necesitamos volver a la fuente, abrir el alma y dejarnos conducir por el Espíritu Santo, que siempre guía con suavidad y firmeza.
Hoy he reflexionado nuevamente la primera lectura tomada de la primera carta del apóstol San Juan (4,19–5,4), un texto que no deja espacio para evasivas: amamos a Dios porque Él nos amó primero, y quien dice amar a Dios pero desprecia a su hermano, simplemente se engaña. Esta verdad, tan sencilla y tan exigente, sigue interpelando a nuestra sociedad.
He escuchado a muchos jóvenes expresar con valentía lo que sienten. Algunos me han dicho que se alejan de la Iglesia porque perciben incoherencias en quienes se dicen creyentes. Van a misa, se golpean el pecho, pero al salir no saludan, no ayudan, no miran al que sufre. Y aunque estas palabras duelen, también son un llamado a la conversión. La fe sin amor concreto se vuelve un discurso vacío.
San Juan nos recuerda que el amor a Dios y el amor al prójimo no son dos caminos paralelos: son el mismo camino. Dios nos ha amado primero, y ese amor es el que nos capacita para amar a los demás. No nace de nuestro esfuerzo, sino de la gracia que recibimos. Por eso, en este tiempo de Navidad, cuando contemplamos al Dios hecho niño, frágil y cercano, no podemos buscarlo lejos de la realidad humana. Él está en el hermano concreto, especialmente en el más necesitado.
Una Navidad reducida al consumo, a las cenas, a los abrazos superficiales, sin compromiso social, contradice el Evangelio. Amar al hermano implica compartir con el hambriento, vestir al desnudo, acoger al migrante, trabajar por la justicia y la paz. La opción preferencial por los pobres no es un adorno de la fe: es su corazón.
El apóstol afirma que los mandamientos de Dios no son pesados. Y lo creo profundamente. Cuando el amor de Dios transforma el corazón, la construcción de una sociedad más justa deja de ser una carga y se convierte en una alegría. Nuestra fe —dice Juan— es la que vence al mundo. No la fe de palabras, sino la fe que se vuelve servicio, reconciliación, solidaridad.
En este inicio del año 2026, siento que el Señor nos invita a encarnar su amor de manera sencilla pero real. La mejor adoración al Niño Dios no está en los adornos ni en los cantos, sino en el compromiso por el bienestar de nuestros hermanos. Dios habita en medio de su pueblo cuando su pueblo se convierte en signo vivo de su amor.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios;
no desprecies nuestras súplicas en nuestras necesidades,
antes bien, líbranos de todos los peligros,
oh Virgen gloriosa y bendita.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,
para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo. Amén.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

