Semillas de Comunión…“Cuando el toque de Dios rompe nuestras fronteras”

by Enlace Noticias

Queridos hermanos, cada mañana me pongo en oración para pedirle al Señor que me muestre su voluntad. La oración no es un espacio para llevar respuestas prefabricadas, sino para abrir el corazón y dejar que Dios ilumine nuestro camino. Hoy, al contemplar el Evangelio de San Lucas (5, 12-16), vuelvo a escuchar esa súplica que tantas veces he escuchado en los enfermos: “Señor, si quieres puedes curarme.”

He acompañado a personas que, aun en medio del dolor, han dicho con una fe desarmante: “Si Dios quiere, me voy a sanar; me pongo en sus manos.” Esa actitud me conmueve porque nace de la confianza profunda en un Dios que no abandona, que no se esconde, que no teme tocar nuestras heridas.

En el Evangelio, un leproso se acerca a Jesús rompiendo todas las normas sociales y religiosas de su tiempo. La lepra no solo era una enfermedad; era una condena a la exclusión. Aquel hombre, considerado impuro, se atreve a acercarse y postrarse. Y Jesús, en un gesto que desafía toda lógica humana, extiende la mano y lo toca. No se contagia de impureza; al contrario, comunica vida, dignidad y restauración.

Ese toque de Jesús es, para mí, una de las imágenes más poderosas de la encarnación. Dios no permanece distante: entra en nuestra realidad, la toca, la sana y la transforma. En Navidad hemos celebrado precisamente eso: un Dios que se hace cercano, que rompe barreras, que se mezcla con nuestra fragilidad para devolvernos la esperanza.

Hoy, como sociedad, necesitamos recuperar ese gesto. Vivimos tiempos donde la marginación adopta nuevas formas: la enfermedad, la pobreza, la migración, la soledad, la discriminación. Hay hermanos que caminan entre nosotros como “leprosos modernos”, cargando estigmas que los alejan de la comunidad. Y sin embargo, Jesús nos muestra que la verdadera caridad no es solo dar, sino acercarnos, tocar, acompañar, reintegrar.

La sanación del leproso no termina en su cuerpo; termina en su regreso a la comunidad. Jesús lo envía al sacerdote para que sea reconocido como hermano nuevamente. Ese detalle me interpela profundamente: la fe siempre tiene una dimensión social. No basta con sanar el corazón; hay que reconstruir los lazos que sostienen la vida.

Por eso, hoy invito a nuestra sociedad a ser constructora de comunión. A mirar a quienes están al margen. A superar prejuicios. A dejar que el amor de Dios nos impulse a romper fronteras. A tocar la realidad del otro sin miedo, porque solo así la comunidad se vuelve hogar para todos.

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios… Que ella nos enseñe a mirar con ternura, a caminar con valentía y a servir con humildad.

La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los acompaña siempre.

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