Queridos hermanos, hoy hago un alto en mi caminar pastoral para compartir con ustedes una reflexión que nace del Evangelio de San Lucas (16, 19-31), un texto que no deja indiferente a nadie porque nos coloca frente al espejo de nuestras omisiones, esas que tantas veces preferimos ignorar.
Mientras medito este pasaje, me doy cuenta de que Jesús no condena al hombre rico por su fortuna, sino por algo más profundo y más común: su incapacidad de ver. Lázaro estaba ahí, a la puerta, tan cerca que los perros alcanzaban a lamer sus llagas. Y aun así, el rico nunca lo miró. No lo vio porque su corazón estaba ocupado en sí mismo, anestesiado por la comodidad, encerrado en su propio banquete.
Hoy, como pastor, reconozco que esta parábola me interpela y nos interpela como sociedad. ¿Cuántas veces hemos pasado de largo ante quienes sufren? ¿Cuántas veces hemos dicho “no es mi problema”? ¿Cuántas veces hemos preferido la indiferencia porque nos resulta más cómoda que la compasión?
En este tiempo de cuaresma, muchos se acercan a la confesión con el deseo sincero de reconciliarse con Dios. Pero noto que, con frecuencia, nos enfocamos solo en lo que hicimos mal… y olvidamos lo que no hicimos.
Y sin embargo, cuando iniciamos la celebración eucarística, pedimos perdón “de pensamiento, palabra, obra y omisión”.
La omisión es quizá el pecado más frecuente entre nosotros:
- cuando dejamos de tender la mano,
- cuando callamos ante la injusticia,
- cuando evitamos involucrarnos,
- cuando preferimos la comodidad antes que el servicio.
El rico no hizo daño… pero tampoco hizo el bien. Y eso bastó para perderse.
Dios conoce por nombre a los que el mundo ignora
Me conmueve que Jesús dé nombre al pobre: Lázaro.
El rico, en cambio, permanece anónimo.
Para el mundo, el rico era alguien; el pobre, nadie.
Para Dios, el pobre tiene rostro, historia y dignidad; el rico pierde su identidad en su egoísmo.
Esta inversión divina nos recuerda que el valor de una persona no está en lo que posee, sino en lo que es. Y que Dios mira con especial ternura a quienes nosotros solemos ignorar.
Cuando el rico pide que Lázaro vaya a advertir a sus hermanos, Abraham responde con firmeza:
“Tienen a Moisés y a los profetas”.
Es decir: ya tienen la Palabra, ya tienen la verdad, ya tienen lo necesario.
Y nosotros tenemos aún más: tenemos a Cristo vivo, tenemos el Evangelio, tenemos la voz de Dios resonando cada día.
No necesitamos milagros extraordinarios para convertirnos; necesitamos un corazón dispuesto.
La parábola también nos recuerda algo decisivo: después de la muerte, las decisiones son definitivas.
El abismo que se abre entre el rico y Lázaro es el abismo que nosotros mismos cavamos cuando elegimos no amar.
Hoy le pido al Señor que nos conceda ojos nuevos.
Que podamos reconocer a los Lázaro que están en nuestra puerta:
el migrante, el enfermo, el anciano solo, el joven sin oportunidades, la familia que lucha en silencio, el vecino que sufre sin decirlo.
Que no nos gane la prisa, la indiferencia o el miedo.
Que no dejemos para mañana el bien que podemos hacer hoy.
Señor, en este tiempo de gracia, dame un corazón sensible y unos ojos capaces de ver.
Perdóname por las veces en que he pasado de largo ante quienes necesitaban de mí.
Hazme reconocer tu rostro en cada Lázaro que encuentro en mi camino.
Que tu Palabra me despierte, me incomode y me transforme.
Y que, al final de mis días, pueda ser recibido en tu seno de misericordia.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios.
No desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita.
Ruega por nosotros para que seamos dignos de las promesas de Cristo. Amén.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los bendiga y acompañe siempre.

