Queridos hermanos, hoy la Iglesia universal celebra la jornada de oración por los enfermos, y en este día vuelvo mi mirada —y mi corazón— hacia todos aquellos que cargan la cruz de la fragilidad: los que sufren en silencio, los que esperan un diagnóstico, los que luchan contra el dolor, y también quienes acompañan con amor a un ser querido. A todos ellos los llevo en mi oración.
El Evangelio que meditamos, tomado de San Marcos (7, 14-23), me confronta profundamente. Jesús nos habla con una claridad que no admite evasivas: “Nada que entra de fuera puede manchar al hombre; lo que lo mancha es lo que sale de dentro.” Con estas palabras, el Señor nos recuerda que la verdadera enfermedad no siempre es visible, no siempre se detecta con estudios médicos, no siempre se cura con medicamentos. La enfermedad más peligrosa es la que se gesta en el corazón.
He escuchado a muchos padres de familia decir que se esfuerzan por dar a sus hijos buena alimentación, buena ropa, buena presentación. Y es verdad: cuidamos lo externo con esmero. Pero, ¿cuántas veces olvidamos enseñarles a mantener limpio el corazón? ¿Cuántas veces dejamos de lado la formación de sentimientos nobles, la capacidad de perdonar, la importancia de no guardar rencores?
Jesús revoluciona nuestra idea de pureza. No se trata de rituales, ni de apariencias, ni de cumplir por cumplir. La verdadera contaminación nace cuando permitimos que el egoísmo, la envidia, la injusticia o la difamación se instalen en nuestro interior. Cuando eso ocurre, no solo se enferma la persona: se enferma la familia, se enferma la comunidad, se enferma la sociedad.
Hoy, como pastor, reconozco que también yo puedo caer en la tentación de preocuparme más por cómo me ven que por cómo me mira Dios. Y por eso, desde mi propia fragilidad, les hablo con sinceridad: la conversión auténtica no consiste en limpiar la fachada, sino en dejar que el Señor purifique nuestras intenciones más profundas.
La revolución que Jesús propone es desde dentro hacia fuera. Podemos rezar el rosario, asistir a misa, cumplir nuestras obligaciones cristianas… y aun así mantener un corazón lleno de rencor o de orgullo. Por eso insisto: la verdadera santidad nace de la transparencia interior, de la rectitud del corazón, de la libertad que se convierte en servicio.
Hoy le pido al Señor que nos conceda un corazón nuevo. Que sane nuestras heridas internas, que disuelva nuestras durezas, que nos devuelva la capacidad de amar sin reservas. Que nuestras palabras y acciones broten de un deseo sincero de agradarle y de construir una sociedad más justa, más fraterna, más humana.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. Ruega por nosotros para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los bendiga y los acompañe siempre.

