Semillas de Comunión…Y lo más alto del Monte

by Enlace Noticias

Queridos hermanos, hoy contemplo nuevamente la escena luminosa del monte Tabor y, desde lo más profundo de mi ministerio, comparto con ustedes esta reflexión que nace de la oración y del encuentro cotidiano con la Palabra. En esta fiesta de la Transfiguración, Jesús me lleva —nos lleva— a subir con Él, a dejarnos envolver por su luz, a mirar desde lo alto aquello que en el valle tantas veces nos pesa y nos oscurece.

Mientras pronuncio la señal de la cruz, reconozco que he vivido, como muchos de ustedes, momentos en los que la realidad parece endurecer el corazón. Sin embargo, cada vez que vuelvo a este pasaje del evangelio de San Mateo, descubro que Jesús no me invita a huir del mundo, sino a mirarlo desde la esperanza que brota de su presencia. He escuchado su voz en la oración, en el silencio, en la vida de nuestras comunidades, y esa voz me recuerda que la fe no es un refugio para escapar, sino una fuerza para permanecer de pie.

Hoy, al contemplar el rostro resplandeciente de Cristo, entiendo que la gloria que se manifiesta en el monte no es un espectáculo aislado, sino una revelación que sostiene la vida entera. Jesús me muestra que la última palabra nunca la tiene el sufrimiento, aunque a veces parezca imponerse con fuerza. He acompañado a familias que viven la enfermedad, la pérdida, la incertidumbre económica, y en cada una de esas historias descubro que Dios sigue preparando horizontes nuevos, aun cuando la cruz ocupa el centro de la escena.

La voz del Padre resuena con claridad: “Este es mi Hijo amado… escúchenlo.” Y en esta palabra encuentro el núcleo de mi misión pastoral. Escuchar a Jesús significa permitir que su evangelio ilumine mis decisiones, mis reacciones, mis pensamientos. Significa reconocer que no puedo guiarme solo por mis emociones ni por las voces que hoy saturan nuestra sociedad con promesas vacías. He aprendido que la verdadera transformación comienza cuando dejo que Cristo sea la medida de mi vida y no las expectativas del mundo.

La experiencia del monte no me permite quedarme allí. Jesús me toca, me levanta y me dice que no tema. Y así, como los discípulos, debo descender al valle, donde me esperan las realidades concretas de nuestra diócesis, los desafíos de la misión, las heridas de nuestro pueblo. La oración me sostiene, pero es en la vida diaria donde la esperanza debe encarnarse. He visto cómo la fe renueva a quienes se sienten cansados, cómo la Palabra abre caminos donde parecía no haber salida, cómo la comunidad se convierte en refugio y fuerza para quienes buscan sentido.

Recuerdo las palabras del Papa Benedicto: las alegrías que Dios siembra no son puntos de llegada, sino luces para la peregrinación. Y hoy, desde esta columna, afirmo que sigo caminando con esa luz, confiando en que quien permanece con Cristo llega siempre a la claridad de la resurrección. No lo digo como teoría, lo digo porque lo he visto, porque lo he acompañado, porque lo he vivido.

Que nunca perdamos la esperanza. Que la voz del Padre siga resonando en nuestro corazón. Que la luz de Cristo nos impulse a mirar más alto, a no quedarnos atrapados en el miedo, a descubrir que la gloria de Dios ya está obrando en nuestra historia.

Bajo el amparo de la Santa Madre de Dios, seguimos caminando. Y desde lo más alto del monte, donde la luz de Cristo se revela, les digo: levantémonos y no temamos. Bendito eres, Señor.

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