Queridos hermanos, cada mañana hago un espacio para la oración, y desde ahí dejo que el Evangelio ilumine mi mirada sobre la realidad que compartimos como sociedad. Hoy, en la fiesta de Santa Mónica, la Palabra me confronta y me impulsa a hablarles desde lo más hondo de mi ministerio pastoral.
He meditado el Evangelio según San Mateo (24, 42-51), donde Jesús nos dice con fuerza: “Velen y estén preparados”. Esta invitación no es un llamado al miedo, sino a la sensibilidad, a la fidelidad del corazón, a no permitir que el dolor ajeno se vuelva paisaje cotidiano. Y hoy, más que nunca, esta palabra me toca profundamente.
Pienso en Santa Mónica, mujer de lágrimas y esperanza. Ella ha sido un signo permanente de perseverancia amorosa. Durante años ha acompañado la vida extraviada de su hijo Agustín. No lo ha soltado, no lo ha dado por perdido, no ha permitido que la indiferencia se instale en su corazón. Su oración ha sido resistencia, su paciencia ha sido camino, su fe ha sido abrazo.
Y mientras contemplo su testimonio, no puedo evitar mirar nuestra realidad mexicana. Hace unos días escuché a alguien decir: “Ese tema de los desaparecidos ya es muy conocido, ya es aburrido.” Confieso que esa frase me ha herido. Me ha dolido profundamente la falta de sensibilidad, la normalización del sufrimiento, la indiferencia que se vuelve sombra en nuestra convivencia.
Por eso hoy escribo esta columna en primera persona, porque yo mismo he sentido el peso de esta palabra del Evangelio: velar significa no acostumbrarme, no cerrar los ojos, no justificar la indiferencia. Velar significa mantener despierto el corazón ante el dolor de las madres buscadoras, esas mujeres que, como Santa Mónica, se niegan a aceptar que la última palabra sea el silencio.
Ellas velan. Ellas esperan. Ellas buscan. Ellas sostienen la memoria de quienes aman.
Y si ellas velan, también nosotros debemos velar. No solo las familias. No solo las víctimas. No solo quienes sufren directamente. Debemos velar todos: autoridades, instituciones, comunidades, iglesias, ciudadanos. Velar es una responsabilidad social y espiritual.
El Evangelio me recuerda el peligro de dejar de velar: el servidor infiel se convence de que “su señor tardará” y se comporta como si nunca tuviera que rendir cuentas. También nosotros podemos caer en esa tentación cuando decimos: “No es mi problema, no es mi familia, no me corresponde.” Esa actitud es el inicio de la fractura moral de una sociedad.
Santa Mónica me enseña otra forma de esperar: una espera activa, una esperanza que no se rinde, una fe que acompaña. Y desde esa enseñanza, hoy afirmo con claridad: ninguna persona debe considerarse definitivamente perdida. La fe cristiana exige acompañamiento, solidaridad, búsqueda de la verdad y compromiso con la justicia.
La oración no sustituye la responsabilidad humana; la sostiene, la purifica, la hace más profunda. Por eso, desde esta columna, elevo mi súplica:
Que Santa Mónica interceda por todas las madres que lloran a sus hijos. Que Dios sostenga a quienes buscan a sus seres queridos desaparecidos. Que nuestra sociedad despierte de la indiferencia. Que quienes tienen responsabilidades públicas trabajen con verdad, diligencia y humanidad.
Y que nosotros, como comunidad creyente, no dejemos de velar.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los bendiga y los acompañe siempre.

