Queridos hermanos: Hoy la Cuaresma nos coloca frente a una de las exigencias más radicales del Evangelio: perdonar sin medida. El texto que proclama la Iglesia, tomado del Evangelio según Evangelio de Mateo (18, 21-35), no deja espacio para cálculos ni excusas. Pedro pregunta cuántas veces debe perdonar. Propone siete, cifra que ya suena generosa. Pero el Señor responde: “setenta veces siete”. No es una operación matemática; es la cancelación definitiva del contador de agravios.
Yo les hablo hoy con claridad: mientras llevemos registro de ofensas, no hemos entendido la lógica del Reino. Jesús presenta la parábola del servidor que recibe el perdón de una deuda impagable y, sin embargo, es incapaz de conceder misericordia por una suma menor. Esa escena no es ajena a nuestra vida diaria. La reproducimos en la familia, en el trabajo, en la comunidad, incluso dentro de la Iglesia.
En la Cuaresma no hacemos un ajuste de cuentas para condenarnos, sino para reconocer cuánto hemos sido perdonados. Dios no administra su misericordia con mezquindad. Nos absuelve, nos levanta y nos restituye. Sin embargo, con frecuencia negamos a otros lo que recibimos gratuitamente.
Recuerdo el testimonio de un matrimonio que presume décadas de unión, pero confiesa que una herida antigua sigue abierta. Años después, un saludo circunstancial todavía alimenta el resentimiento. Así opera el rencor: permanece silencioso, se justifica y termina por intoxicar la convivencia. El Evangelio nos advierte que el perdón no es formalidad social ni gesto diplomático; es una decisión interior que libera.
Hoy afirmo ante ustedes que quien no perdona permanece encadenado al pasado. El resentimiento se convierte en un peso constante. Y cuando acudimos al sacramento de la reconciliación, pedimos a Dios que no lleve cuenta de nuestras faltas. ¿Con qué coherencia podemos, entonces, exigir justicia implacable al hermano?
La enseñanza es directa: si hemos sido perdonados, estamos llamados a perdonar. No se trata de minimizar el daño ni de ignorar la verdad; se trata de impedir que la ofensa defina nuestra identidad. El perdón es una elección que rompe el círculo de la deuda moral y abre un camino nuevo.
En este tiempo cuaresmal, invito a la sociedad a revisar sus relaciones fracturadas. En la familia, en la política, en el ámbito social, el clima de confrontación crece cuando nadie quiere ceder. El Evangelio no propone debilidad; propone grandeza. Perdonar es un acto de libertad.
Hoy doy gracias al Señor porque me perdona una y otra vez. Y pido la gracia de extender esa misma misericordia a quienes me han herido. No llevo la cuenta, porque Dios no la lleva conmigo.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. Ruega por nosotros y acompáñanos en este camino de conversión.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y permanezca para siempre. Amén.

