Semillas de comunión…La viña que no me pertenece

by Enlace Noticias

Queridos hermanos, en este lunes vuelvo a poner en la presencia de Dios a todos nuestros enfermos. Los llevo en mi oración porque participan, de manera misteriosa y profunda, de la pasión del Señor en su propia fragilidad. Pido que Él les conceda fe, serenidad y la certeza de su misericordia. También presento a nuestros hermanos desaparecidos, a quienes han muerto por la violencia y a sus familias que siguen cargando heridas abiertas. Y elevo una súplica por nuestros hermanos con discapacidad y por quienes los acompañan con paciencia y amor, para que descubran siempre el rostro de Jesús en ellos.

Hoy el Evangelio, tomado de San Marcos 12, 1-12, me coloca frente a una parábola que no deja indiferente a nadie. Jesús habla de un hombre que planta una viña, la equipa con todo lo necesario y la confía a unos viñadores. Cuando llega el tiempo de recoger los frutos, envía a sus criados, pero ellos los golpean, los humillan, los matan. Finalmente envía a su hijo amado, pensando que lo respetarán, pero también lo asesinan. Y Jesús pregunta: ¿qué hará el dueño de la viña?

Mientras proclamo este Evangelio, recuerdo una escena que viví hace algunos años. Me invitaron a bendecir un edificio recién terminado. El dueño, un hombre que había comenzado desde la pobreza, escuchó mi comentario sobre el fruto de su esfuerzo. Él no habló de sí mismo. Solo levantó el dedo hacia el cielo y dijo: “Todo ha sido de Dios. Todo es don y regalo de Él”. Aquella respuesta me ha acompañado siempre. Me recordó que nada es realmente mío, que todo lo que tengo y soy es administrado, no poseído.

La parábola de hoy me confirma esa verdad. Dios ha tenido una paciencia infinita con su pueblo. Ha enviado profetas, mensajeros, llamados constantes a la conversión. Y finalmente ha enviado a su propio Hijo. La historia de la salvación es la historia de un Dios que no se cansa de buscarnos. San Juan Pablo II lo expresó con claridad: Cristo es la revelación plena del amor del Padre y el centro de toda la historia humana. En Él se muestra hasta dónde llega el amor de Dios.

Pero esta parábola también es una advertencia. Los viñadores olvidaron que la viña no era suya. Se apropiaron de lo que solo les había sido confiado. Y esa tentación sigue viva. También yo puedo olvidar que la misión no es mía, que los ministerios no son míos, que los bienes espirituales y materiales no me pertenecen. El Papa Francisco lo ha repetido: la Iglesia no es propiedad de nadie. Pertenece a Cristo. Somos administradores, no dueños.

Hoy me pregunto —y los invito a preguntarse conmigo— si estoy produciendo los frutos que Dios espera de mí. Si reconozco que todo lo que tengo es un don. Si escucho la voz de Dios cuando me corrige. Si acepto a Cristo como piedra angular o si intento construir mi vida sobre otros cimientos.

Señor Jesús, Hijo amado del Padre, piedra angular de nuestra fe, te doy gracias porque aun siendo rechazado te has convertido en fundamento firme para nosotros. Perdona nuestras resistencias, nuestros egoísmos, nuestras infidelidades. Perdónanos cuando actuamos como dueños de lo que solo nos has confiado. Enséñanos a cuidar tu viña con humildad, responsabilidad y amor.

La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los bendiga y los acompañe siempre.

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