Queridos hermanos, en este camino cuaresmal vuelvo a mirar mi propio corazón y descubro, con humildad, que la lucha más profunda no está afuera, sino dentro de cada uno de nosotros. La cuaresma me invita —nos invita— a revisar las intenciones que mueven nuestros pasos, a preguntarnos si lo que buscamos está realmente conforme al querer de Dios o si seguimos atrapados en la sed de reconocimiento, poder o prestigio.
Hoy escucho a Jesús subir a Jerusalén y anunciar, por tercera vez, su pasión. Lo hace con una claridad que conmueve: traición, condena, burla, azotes, cruz… y resurrección. Él conoce su destino y, aun así, camina con firmeza. No huye, no negocia, no se esconde.
Y mientras Él revela la entrega total de su vida, surge la petición de la madre de los hijos de Zebedeo: puestos de honor, lugares de privilegio, reconocimiento humano. Es la misma tentación que atraviesa nuestra historia personal y social: querer estar arriba, querer ser vistos, querer mandar.
Jesús responde con una pregunta que me interpela hoy: “¿Puedes beber el cáliz que yo he de beber?”
Ese cáliz no es de gloria terrenal, sino de servicio, sacrificio y humildad.
El Maestro redefine la grandeza. No es dominio. No es poder. No es prestigio.
La verdadera grandeza —la única que permanece— es servir.
- Servir sin esperar aplausos.
- Servir sin buscar recompensa.
- Servir incluso cuando nadie lo nota.
- Servir porque el amor nos lo pide.
Jesús no vino a ser servido, sino a servir y a dar la vida por todos. Y si Él es nuestro modelo, entonces la cuaresma se convierte en un examen sincero:
¿Busco destacar o busco servir?
¿Me mueve el amor o me mueve el ego?
¿Quiero seguir a Jesús o quiero que Jesús siga mis ambiciones?
Hoy reconozco que la manía del poder no es exclusiva de los grandes gobernantes. También aparece en la familia, en el trabajo, en la comunidad, incluso en la Iglesia. A veces queremos que se haga nuestra voluntad, que se reconozca nuestra opinión, que se valore nuestro esfuerzo.
Pero Jesús me recuerda que el camino del discípulo no es subir, sino bajar; no es imponerse, sino entregarse; no es mandar, sino amar.
Señor Jesús, me alegra saber que me amas hasta dar la vida por mí. Me duele reconocer que muchas veces busco mi propio interés, mi propio lugar, mi propio poder. Enséñame a beber tu cáliz, a renunciar al egoísmo, a servir con alegría y a entender que la verdadera grandeza está en amar sin medida. Que esta cuaresma sea para mí un testimonio vivo de caridad y servicio.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita. Ruega por nosotros para que seamos dignos de las promesas de Cristo. Amén.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los bendiga y los acompañe siempre.

