Hoy medito el evangelio según San Mateo 23, 27-32, y lo hago con la responsabilidad de quien habla a una sociedad que necesita verdad, coherencia y esperanza. Jesús denuncia a los escribas y fariseos porque aparentan una santidad que no nace del corazón. Son, como Él dice, “sepulcros blanqueados”: hermosos por fuera, pero vacíos y rotos por dentro. Esta palabra me interpela y me obliga a hablar con sinceridad.
He visto, como muchos de ustedes, cómo en nuestra vida pública y social se repiten estas escenas de apariencia. Jóvenes me han contado cómo algunos personajes públicos se muestran generosos frente a las cámaras, pero tratan con desprecio a quienes dicen ayudar. Esa contradicción no es ajena a nuestra realidad. Y hoy reconozco que también nosotros, en distintos ámbitos, podemos caer en esa tentación de construir una imagen que no corresponde a la verdad interior.
Mientras leo este evangelio, me doy cuenta de que Jesús no condena las obras externas; lo que pide es que broten de un corazón auténtico. La oración exterior debe nacer de una relación viva con Dios. La caridad visible debe surgir de un corazón misericordioso. La autoridad debe acompañarse de servicio. La fe proclamada debe convertirse en estilo de vida. Dios no quiere que parezcamos buenos: quiere hacernos buenos desde dentro.
Por eso hablo hoy a nuestra sociedad con franqueza. La conversión cristiana comienza en esos lugares que nadie ve: pensamientos, intenciones, resentimientos, deseos, motivaciones. Allí debe entrar primero la luz de Cristo. Allí se decide la verdad de nuestra vida.
El evangelio también nos advierte de otro riesgo: admirar a los profetas del pasado mientras ignoramos la voz de Dios en el presente. Podemos celebrar a quienes defendieron la justicia, pero resistir la justicia que hoy nos exige cambiar. Podemos venerar a los santos, pero rechazar la santidad que hoy nos llama a renunciar a egoísmos, privilegios y seguridades. La pregunta es directa: ¿somos capaces de escuchar a Dios cuando su palabra contradice nuestros intereses?
Hoy pido para todos nosotros la gracia de la autenticidad. Que no vivamos dos vidas: una pública y otra oculta. Que nuestra fe no sea decoración exterior, sino fuerza interior que purifique nuestras palabras, decisiones y relaciones. La santidad no consiste en construir una apariencia perfecta, sino en permitir que Cristo transforme el corazón hasta que lo que somos por dentro y lo que mostramos por fuera comiencen a coincidir.
Señor Jesús, tú conoces nuestro corazón mejor que nosotros mismos. Líbranos de una fe de apariencias y de una religiosidad vacía. Purifica nuestras intenciones, sana nuestras contradicciones y concédenos un corazón sincero. Que sepamos escuchar tu palabra también cuando nos corrige y que nuestra vida exterior sea reflejo verdadero de lo que tú vas realizando en nuestro interior.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desprecies nuestras súplicas y líbranos de todo peligro, Virgen gloriosa y bendita. Ruega por nosotros para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los bendiga y acompañe siempre.

