Queridos hermanos, hoy me presento ante ustedes con el corazón abierto, como cada lunes, para elevar juntos nuestra súplica por los enfermos, por quienes cargan dolores visibles e invisibles, por quienes escuchan esta reflexión buscando consuelo. También pongo en las manos de Dios a nuestros hermanos desaparecidos, a quienes han muerto en la violencia, y a sus familias que siguen caminando entre la incertidumbre y el desgarro. Oro por las personas con discapacidad y por quienes los atienden, para que descubran en ellos la presencia viva de Cristo que sufre y espera ser amado.
El evangelio de hoy, tomado de San Lucas (6, 36-38), me interpela profundamente: “Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso… No juzguen… No condenen… Perdonen… Den y se les dará.” Estas palabras no son un consejo piadoso; son una ruta espiritual que Jesús coloca en nuestras manos para caminar la Cuaresma con autenticidad.
Cada año, una familia que conozco se reúne para decidir su sacrificio cuaresmal. Este año, coincidieron en algo que me parece revolucionario: dejar de hablar mal unos de otros, dejar de juzgar, dejar de herir con palabras. Ese gesto sencillo revela la esencia del evangelio de hoy: la conversión comienza por la lengua y se consolida en el corazón.
Jesús no nos invita a una bondad tibia o limitada. Nos pide mirar a Dios y aprender de Él. Cuando renunciamos a juzgar, reconocemos nuestra fragilidad. Cuando dejamos de condenar, abrimos espacio para que la gracia actúe. Cuando perdonamos, rompemos cadenas que nos atan por dentro.
La imagen de la “medida buena, apretada, sacudida y rebosante” me recuerda los mercados antiguos, donde la generosidad se demostraba no con palabras, sino con manos que no escatimaban. Así es Dios: siempre da más de lo que damos, siempre devuelve multiplicado lo que ofrecemos desde el amor.
El Papa nos invita este año a un ayuno distinto: desarmar el lenguaje. ¿Qué significa esto?
Significa dejar de lanzar juicios apresurados, dejar de repetir calumnias, dejar de herir a quien no está presente para defenderse. Significa resistir la tentación de las redes sociales donde, con un clic, podemos destruir la reputación de alguien y escondernos detrás del anonimato.
Desarmar el lenguaje es también silenciar las ofensas, no para acumular resentimiento, sino para crear un espacio interior donde la voz de Dios pueda resonar. Es sustituir el insulto por palabras que construyen, que sanan, que unen. Es transformar el silencio que hiere en un silencio que abraza.
Con frecuencia somos jueces severos con los demás y muy indulgentes con nosotros mismos. Ser compasivos exige más que cualquier sacrificio externo. Es permitir que el corazón se dilate hasta que quepan en él incluso quienes nos han herido o quienes nos resultan difíciles de amar.
Hoy le pido al Señor que nos conceda mirar con sus ojos, perdonar con su paciencia y dar con su alegría. Que esta Cuaresma sea un desbordamiento de amor, una medida rebosante que transforme nuestras relaciones, nuestras palabras y nuestra manera de estar en el mundo.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. Ruega por nosotros para que seamos dignos de las promesas de Cristo. Amén.
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, permanezca con ustedes y los acompañe siempre.

