Queridos hermanos, hoy vuelvo a mi reflexión diaria con el corazón abierto y con la certeza de que la oración sostiene, ilumina y orienta cada paso que damos. Lo digo en primera persona porque así vivo mi ministerio: la oración es la base de mi relación con Dios y, desde ahí, nace todo lo que comparto con ustedes. Jesús mismo se aparta con frecuencia a un lugar solitario para orar, y en ese gesto cotidiano nos revela que el silencio, la paz y la apertura del corazón son el espacio donde Dios habla y donde nosotros aprendemos a escuchar.
He pedido al Espíritu Santo que nos guíe y nos ilumine en este día, porque el evangelio que meditamos —San Mateo 15, 21-28— nos coloca frente a una escena que toca profundamente la vida de nuestras familias, nuestras luchas y nuestras esperanzas.
Jesús se retira a la región de Tiro y Sidón. Una mujer cananea, extranjera, ajena al pueblo de Israel, se acerca gritando: “Señor, hijo de David, ten compasión de mí.” Su hija está atormentada, su corazón está desgarrado, su fe está puesta en un último intento. Jesús guarda silencio. Los discípulos le piden que la atienda. Él responde que su misión es para las ovejas de Israel. Ella insiste. Se postra. Suplica. Y aun cuando Jesús le dice que no está bien quitar el pan de los hijos para dárselo a los perritos, ella responde con una fe que desarma cualquier frontera: “También los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.”
En ese instante, Jesús se voltea hacia ella y pronuncia una frase que hoy resuena en mi interior: “Mujer, qué grande es tu fe. Que se cumpla lo que deseas.” Su hija queda curada. Su perseverancia abre un camino que parecía cerrado. Su fe transforma lo imposible.
Mientras medito este pasaje, recuerdo el testimonio de aquella mujer que me decía: “Veinticinco años he orado por la conversión de mi esposo.” Veinticinco años de silencio, de dudas, de cansancio, de noches largas. Veinticinco años de insistencia. Y hoy, ese hombre sirve en su parroquia, participa con alegría, acompaña a su familia en la fe. Ese milagro no llegó de inmediato. Llegó porque ella perseveró.
Lo digo con claridad: no es fácil pedir al Señor por nuestras necesidades. No es fácil sostener la fe cuando el silencio parece ser la única respuesta. No es fácil cuando otros nos dicen que lo que pedimos no tiene remedio. Pero el evangelio de hoy nos enseña que la fe que insiste, la fe que persevera, la fe que se mantiene de pie aun cuando todo parece perdido, es una fe que mueve el corazón de Dios.
Hoy, como pastor, como hermano, como hombre que también ha vivido noches de incertidumbre, les digo: la perseverancia es un acto de amor. La fe es un camino que se sostiene mirando a Cristo. Y la oración es ese lugar donde el Espíritu Santo fortalece lo que en nosotros parece débil.
Que el ejemplo de la mujer cananea nos inspire. Que su valentía nos acompañe. Que su confianza nos enseñe a pedir con humildad, con insistencia y con una fe profunda. Y que en nuestras propias tempestades podamos escuchar la voz de Jesús que nos dice: “Ánimo, soy yo, no tengan miedo.”
La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, nos bendiga y nos acompañe siempre.

