Queridos hermanos, hoy contemplo con profunda gratitud este día que nuestro pueblo vive con especial devoción: la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Camino entre ustedes, escucho sus cantos, veo las calles adornadas, las familias reunidas, los niños que levantan sus manos para saludar al Santísimo, y descubro que esta fiesta no es solo tradición: es memoria viva de un Dios que ha decidido quedarse.
El Evangelio que meditamos hoy —San Juan 6, 51-58— me habla con una fuerza que no se agota. Jesús se presenta como el pan vivo bajado del cielo, el pan que no solo alimenta, sino que transforma. He repetido muchas veces estas palabras, pero hoy vuelven a mí con una claridad nueva: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él”. No es una metáfora, no es un símbolo. Es una presencia que sostiene, que acompaña, que levanta.
Mientras avanzo en la procesión, recuerdo que la Eucaristía no es un acto aislado ni un rito que termina cuando se apagan las velas del templo. La Eucaristía es un estilo de vida. Si Cristo se parte y se reparte, yo también estoy llamado a partir mi vida. Si Cristo se entrega, yo también debo entregarme. Si Cristo se hace alimento, yo también debo convertirme en consuelo, en escucha, en puente, en hermano.
He visto a tantas personas que encuentran en la comunión la fuerza para seguir adelante: enfermos que esperan con esperanza, familias que cargan heridas profundas, migrantes que buscan un lugar donde ser recibidos, ancianos que viven la soledad con dignidad silenciosa. Ellos me enseñan que la Eucaristía no es un premio para quienes ya lo han logrado todo, sino un alimento para quienes seguimos caminando con fragilidad.
Hoy, Corpus Christi me recuerda que no puedo adorar a Cristo en la custodia si lo ignoro en el pobre. No puedo inclinarme ante el altar si cierro mi corazón ante el que sufre. No puedo cantar “Santo” si mis palabras dividen, hieren o excluyen. La Eucaristía es comunión, y la comunión exige que yo reconozca al otro como parte de mí.
En una sociedad marcada por la prisa, la polarización y la indiferencia, este sacramento se convierte en una escuela de humanidad. Al recibir el mismo pan, descubro que no camino solo. Somos un pueblo, una familia, un cuerpo. Y en ese cuerpo, nadie sobra.
Por eso hoy, frente al pan vivo, hago una oración que nace de lo más hondo de mi corazón:
Señor Jesús, pan bajado del cielo, gracias por permanecer con nosotros. Gracias por sostener nuestra fe cuando flaquea, por renovar nuestra esperanza cuando se apaga, por encender nuestra caridad cuando se enfría. Enséñame a vivir como tú: entregándome, compartiendo, reconciliando, amando sin medida. Que al recibir tu cuerpo, sepa reconocerte en cada hermano, especialmente en quien más sufre.
Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios. No desprecies las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades. Líbranos de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita. Ruega por nosotros para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
La bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, los bendiga y los acompañe siempre.

